Desde una perspectiva marxista, esta cuestión posee una importancia fundamental. Marx y Engels señalaron tempranamente que la competencia entre trabajadores constituía un obstáculo para su acción común y que la organización permitía convertir intereses compartidos en fuerza colectiva. El sindicalismo representa precisamente una de las primeras escuelas donde esa conciencia puede desarrollarse: el trabajador descubre que el salario, la jornada, la seguridad laboral o las condiciones de trabajo no son simplemente problemas individuales, sino relaciones sociales sobre las cuales es posible actuar colectivamente.
Por Equipo El Despertar
En un nuevo aniversario de la Central Unitaria de Trabajadores de Chile (CUT), corresponde saludar a las trabajadoras y los trabajadores que, organizados sindicalmente, han sostenido una larga tradición de lucha por mejores condiciones de vida, derechos laborales y una sociedad más democrática.
La historia del movimiento sindical chileno recuerda una verdad elemental que a veces se intenta sepultar bajo toneladas de discursos sobre el esfuerzo individual: quien trabaja aislado enfrenta al poder económico en condiciones profundamente desiguales; quien se organiza colectivamente adquiere capacidad para disputar esas condiciones.
Desde una perspectiva marxista, esta cuestión posee una importancia fundamental. Marx y Engels señalaron tempranamente que la competencia entre trabajadores constituía un obstáculo para su acción común y que la organización permitía convertir intereses compartidos en fuerza colectiva. El sindicalismo representa precisamente una de las primeras escuelas donde esa conciencia puede desarrollarse: el trabajador descubre que el salario, la jornada, la seguridad laboral o las condiciones de trabajo no son simplemente problemas individuales, sino relaciones sociales sobre las cuales es posible actuar colectivamente.
Una historia que pertenece a las y los trabajadores
La actual CUT, constituida en 1988 en las postrimerías de la dictadura, recoge parte de una tradición mucho más extensa del movimiento sindical chileno. Su historia no puede separarse de las luchas obreras que atravesaron el siglo XX ni del antecedente fundamental de la Central Única de Trabajadores, fundada en 1953, en cuya construcción participaron diferentes corrientes políticas y sindicales del movimiento popular.
Recordar esa trayectoria significa también reconocer a generaciones que conquistaron derechos que posteriormente parecieron naturales. Nada tuvieron de natural. Jornada laboral, descanso, negociación colectiva, seguridad social y protección frente a determinados abusos fueron resultado de conflictos, organización y conquistas sociales.
La historia del trabajo demuestra que los derechos rara vez descendieron graciosamente desde las alturas del poder. Fueron conquistados porque hubo personas dispuestas a organizarse para exigirlos.
Unidad no significa ausencia de diferencias
El aniversario de la CUT debe servir también para reflexionar sobre el significado de su nombre: Central Unitaria de Trabajadores.
La unidad sindical no significa uniformidad ideológica ni obediencia acrítica. Los trabajadores poseen distintas posiciones políticas, experiencias laborales y opiniones sobre el país. Una central verdaderamente unitaria debe ser capaz de representar esa diversidad manteniendo como elemento común la defensa de los intereses del mundo del trabajo.
Desde una lectura marxista, la fragmentación de quienes viven de su trabajo favorece objetivamente la posición del capital. La división entre trabajadores públicos y privados, contratados y subcontratados, nacionales y migrantes, jóvenes y mayores, empleados formales e informales puede dificultar la identificación de intereses compartidos.
El desafío consiste precisamente en construir unidad desde esa diversidad.
Los desafíos del trabajo contemporáneo
Chile ha cambiado profundamente y también lo ha hecho su clase trabajadora. La imagen tradicional del obrero industrial continúa formando parte de ella, pero ya no basta para representar toda su diversidad.
Hoy encontramos trabajadores del comercio y los servicios, funcionarios públicos, profesionales asalariados, trabajadores de plataformas, temporeros, subcontratados, trabajadores de cuidados y personas sometidas a distintas formas de precariedad e informalidad.
Por eso, el sindicalismo del siglo XXI enfrenta una tarea decisiva: organizar allí donde actualmente existe poca organización.
Una CUT preocupada únicamente de los sectores que ya poseen sindicatos consolidados correría el riesgo de administrar una estructura heredada mientras enormes segmentos de trabajadores permanecen fuera de ella. El desafío histórico es exactamente el inverso: ampliar las fronteras de la organización sindical.
Del salario a la sociedad
La lucha sindical comienza frecuentemente alrededor del salario y las condiciones laborales, pero sus consecuencias pueden trascender las paredes del lugar de trabajo.
La vivienda, las pensiones, la salud, la educación, el transporte y los cuidados forman parte de las condiciones mediante las cuales se reproduce cotidianamente la vida de quienes trabajan. Por eso existe una relación profunda entre organización sindical y organización territorial.
El trabajador no deja de pertenecer a una clase social cuando termina su jornada laboral. Sale del trabajo y enfrenta el precio del transporte, el costo de la vivienda, las dificultades de acceso a servicios y las desigualdades existentes en su territorio.
Aquí existe una posibilidad particularmente relevante: articular sindicatos y organizaciones territoriales, vinculando el mundo laboral con juntas de vecinos y otras organizaciones sociales. Una articulación semejante puede contribuir a transformar demandas dispersas en una comprensión común de los problemas económicos y sociales.
Autonomía, democracia y participación
Saludar a la CUT también significa reconocer que ninguna organización histórica debería quedar exenta de crítica.
Una central sindical fuerte requiere democracia interna, participación de sus bases, transparencia, renovación de dirigentes y autonomía frente a gobiernos, empleadores y partidos políticos. La relación entre sindicalismo y política es inevitable porque las relaciones laborales están atravesadas por decisiones políticas; otra cosa muy distinta sería reducir las organizaciones sindicales a instrumentos electorales de cualquier partido.
La fortaleza del sindicalismo reside precisamente en que las trabajadoras y los trabajadores sean protagonistas de sus organizaciones.
Desde una perspectiva marxista, la conciencia de clase no puede decretarse desde una oficina. Se construye mediante experiencia, conflicto, deliberación y organización colectiva.
Una tarea que continúa
En este aniversario, el mejor homenaje a la CUT no consiste simplemente en recordar su historia. Consiste en preguntarnos qué movimiento sindical necesita el Chile actual.
Necesitamos organizaciones capaces de representar las nuevas formas del trabajo; de incorporar a jóvenes y sectores precarizados; de fortalecer la participación de las mujeres; de defender la libertad sindical y la negociación colectiva; y de construir puentes entre sindicatos, territorios y movimientos sociales.
Porque mientras exista una sociedad dividida entre quienes poseen y controlan grandes recursos productivos y quienes necesitan vender su fuerza de trabajo para vivir, la organización colectiva conservará plena actualidad.
Nuestro saludo, entonces, a las trabajadoras y los trabajadores organizados en la Central Unitaria de Trabajadores de Chile y, a través de ellos, al conjunto del movimiento sindical chileno.
Que este aniversario no sea solamente una ceremonia para contemplar las luchas del pasado, sino una oportunidad para pensar las del presente y construir las del futuro.
La historia del movimiento obrero enseña que los derechos se conquistan, se defienden y se amplían colectivamente. La unidad de las y los trabajadores, lejos de ser una pieza de museo, continúa siendo una necesidad histórica.
