No es casual que Karl Marx señalara en El Capital que la acumulación originaria estuvo marcada por “el descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, el exterminio, la esclavización y el sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles negras”. En pocas líneas, Marx sintetizó una verdad histórica que todavía incomoda; el capitalismo no nació únicamente de la innovación económica ni del espíritu emprendedor, sino también de la violencia colonial, del despojo y de la esclavitud.
Por Editor
Cada 31 de agosto se conmemora el Día Internacional de los Afrodescendientes. No se trata únicamente de una fecha destinada a reconocer el aporte cultural de millones de mujeres y hombres dispersos por todos los continentes. Es, sobre todo, una invitación a mirar de frente una de las mayores tragedias de la historia de la humanidad; la esclavitud colonial, el racismo estructural y las múltiples formas de explotación que permitieron la acumulación originaria del capital y sentaron las bases del orden económico que todavía organiza buena parte del mundo.
Durante siglos, más de doce millones de africanos fueron arrancados de sus tierras, convertidos en mercancía y transportados en condiciones inhumanas hacia América. No eran simples trabajadores forzados. Eran seres humanos reducidos jurídicamente a la condición de propiedad privada. Su fuerza de trabajo, sus cuerpos y hasta sus hijos pasaron a formar parte del patrimonio de quienes se enriquecieron gracias a un sistema que convirtió el sufrimiento humano en fuente de ganancias extraordinarias.
No es casual que Karl Marx señalara en El Capital que la acumulación originaria estuvo marcada por “el descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, el exterminio, la esclavización y el sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles negras”. En pocas líneas, Marx sintetizó una verdad histórica que todavía incomoda; el capitalismo no nació únicamente de la innovación económica ni del espíritu emprendedor, sino también de la violencia colonial, del despojo y de la esclavitud.
La historia de los pueblos afrodescendientes es, sin embargo, mucho más que la historia del dolor. Es también la historia de la resistencia. Desde los quilombos brasileños hasta los palenques del Caribe; desde la Revolución Haitiana hasta las innumerables rebeliones de esclavos que recorrieron el continente, los pueblos afrodescendientes demostraron que ninguna forma de dominación es eterna. La revolución encabezada por Toussaint Louverture y continuada por Jean Jacques Dessalines constituyó la primera gran derrota del sistema esclavista moderno y abrió un horizonte de emancipación para todos los pueblos colonizados.
América Latina no podría comprenderse sin el aporte decisivo de sus comunidades afrodescendientes. Su trabajo levantó ciudades, cultivó plantaciones, construyó puertos, desarrolló formas musicales que hoy representan la identidad de numerosos países y enriqueció la gastronomía, la religiosidad popular, la literatura y las tradiciones de nuestro continente. Sin embargo, durante demasiado tiempo ese aporte fue invisibilizado por relatos nacionales construidos desde las élites, que prefirieron exaltar una identidad homogénea antes que reconocer la diversidad que realmente dio origen a nuestras sociedades.
Las desigualdades que afectan hoy a millones de afrodescendientes no son fruto del azar ni de supuestas carencias individuales. Expresan la persistencia de estructuras históricas de exclusión. Allí donde la pobreza, la precariedad laboral, el acceso desigual a la educación, la discriminación racial y la violencia institucional se concentran sobre determinadas comunidades, resulta imposible sostener que todos parten desde el mismo punto. La igualdad jurídica, siendo indispensable, no basta cuando las condiciones materiales continúan reproduciendo privilegios heredados de siglos de dominación.
Por eso, conmemorar esta fecha no consiste únicamente en celebrar una identidad cultural. Significa asumir una responsabilidad política. Implica reconocer que el combate contra el racismo forma parte inseparable de la lucha por una sociedad más justa. No puede existir democracia plena allí donde persisten mecanismos estructurales de discriminación. Tampoco puede hablarse seriamente de derechos humanos mientras comunidades enteras continúan siendo marginadas por el color de su piel, por su origen o por la historia que heredaron.
En América Latina, esta tarea adquiere un significado particular. Somos un continente construido sobre el encuentro, muchas veces violento, entre pueblos originarios, africanos y europeos. Nuestra riqueza cultural nace precisamente de esa diversidad. Defenderla exige enfrentar toda forma de supremacismo, de xenofobia y de racismo, pues cada una de esas expresiones termina sirviendo a los mismos intereses que históricamente buscaron dividir a los pueblos para hacer más fácil su explotación.
El Día Internacional de los Afrodescendientes nos recuerda que la emancipación nunca ha sido una concesión de los poderosos. Siempre ha sido el resultado de la organización, de la solidaridad y de la lucha colectiva. Nos recuerda también que la libertad no puede fragmentarse. Mientras exista un pueblo discriminado, una comunidad excluida o una persona privada de su dignidad por razones de origen o color de piel, la promesa de igualdad seguirá siendo una tarea inconclusa.
Honrar a los pueblos afrodescendientes significa entonces mucho más que recordar el pasado. Significa comprometernos con un futuro donde la diversidad sea reconocida como una riqueza común y donde la justicia social deje de ser una aspiración para convertirse, finalmente, en una realidad compartida.
