El alza histórica que ubica a más del 21% de las y los jóvenes de entre 25 y 34 años al margen del sistema educativo y productivo no es un problema de “apatía individual”, sino la consecuencia directa del estrangulamiento del mercado laboral corporativo y la mercantilización del derecho a la educación.
Por Equipo El Despertar
Los recientes datos del Barómetro Laboral y Previsional expusieron con crudeza el agravamiento de la crisis estructural en el mercado de trabajo: la proporción de jóvenes de entre 25 y 34 años que no estudian ni trabajan ascendió a un histórico 21,6%, marcando su punto más crítico en los últimos años. Ante este escenario, la superestructura ideológica del capital y la prensa hegemónica activaron de inmediato sus mecanismos habituales de estigmatización moral. Al calificar a más de uno de cada cinco jóvenes bajo el rótulo despectivo de «ninis», el relato dominante busca despolitizar la problemática, atribuyendo la falta de inserción a supuestas fallas conductuales, falta de dinamismo emprendedor o indolencia cultural de las nuevas generaciones.
Sin embargo, desde una rigurosa lectura dialéctica y materialista, esta exclusión masiva no es un fenómeno accidental ni una anomalía del desarrollo, sino la manifestación concreta del funcionamiento del modo de producción capitalista en su fase neoliberal tardía. La pérdida acelerada de más de cien mil empleos en este grupo etario durante el último año desmiente la narrativa del “desinterés”: la inmensa mayoría de estos jóvenes busca activamente vender su fuerza de trabajo, pero se estrella contra un aparato productivo primarizado, incapaz de absorber la oferta laboral disponible sin imponer condiciones de extrema precarización, subcontratación o salarios de miseria.
La imposibilidad de acceder simultáneamente a la educación superior responde a la misma lógica de clase. Al haberse convertido la educación en un nicho de mercado y en una mercancía altamente endeudadora, las hijas y los hijos de la clase trabajadora quedan marginados de las aulas una vez que los recursos familiares colapsan o cuando el crédito bancario se vuelve impagable. Como explicara Karl Marx en El Capital al conceptualizar la dinámica del mercado de trabajo: «La acumulación capitalista produce constantemente, en proporción a su intensidad y a su extensión, una población obrera excesiva para las necesidades medias de explotación del capital, es decir, un ejército industrial de reserva». Esta masa de juventud desocupada cumple una función sistémica precisa: presionar los salarios a la baja y disciplinar al conjunto de la clase trabajadora bajo la amenaza constante del reemplazo.
Pretender que esta crisis socioeconómica se resolverá mediante “subsidios al empleo privado” o discursos de capacitación individualista es encubrir la contradicción de fondo. El incremento de la desocupación juvenil demuestra que el régimen de acumulación dominado por el gran capital y la especulación financiera es incapaz de garantizar un futuro digno a las mayorías populares. La respuesta ante el despojo del derecho al trabajo y a la educación no vendrá de las recetas de austeridad de la burguesía, sino de la organización de la juventud junto a la clase trabajadora para disputar el control social de la producción, la democratización de la enseñanza y la reconstrucción de un proyecto soberano para el desarrollo nacional.
