Sáb. Oct 10th, 2026

Fidel, cien años después: La memoria que el Poder no puede borrar

Oct 10, 2026

Presentación del libro Fidel, 100 años por Daniel Jadue

Queridas compañeras y compañeros, amigas y amigos, querido Mono González, representantes de la Editorial Nunca Más, artistas, trabajadores de la cultura y todas las personas que nos acompañan en este encuentro.

Nos hemos reunido para presentar un libro dedicado al centenario del nacimiento de Fidel Castro. Pero quisiera comenzar señalando que estamos frente a una obra cuyo significado trasciende ampliamente la conmemoración de una figura histórica. Estamos frente a un ejercicio de recuperación de la memoria, frente a una reivindicación del arte como herramienta de transformación social y, sobre todo, frente a un acto de resistencia cultural en una época en que el poder dispone de capacidades cada vez mayores para administrar aquello que las sociedades recuerdan y aquello que terminan olvidando.

Porque este libro, construido a partir de fotografías, afiches, ilustraciones y expresiones de la gráfica política, nos propone algo que parece sencillo, pero que hoy adquiere una dimensión profundamente política. Nos invita a mirar.

A mirar la historia con nuestros propios ojos. A detenernos frente a imágenes que sobrevivieron a dictaduras, guerras, persecuciones, censuras y campañas de desinformación. A reconocer en ellas las huellas materiales de un siglo de luchas populares. Y a comprender que la memoria histórica constituye uno de los territorios fundamentales donde se disputa el poder.

Quisiera proponer una idea que atraviese esta presentación. La memoria gráfica de los pueblos constituye una forma de resistencia frente al olvido organizado. Y en un tiempo en que una parte creciente de nuestra existencia se desarrolla dentro de plataformas digitales controladas por grandes corporaciones privadas que a pesar de que todos estamos en ellas, ellos son los que deciden lo que circula en ellas y lo que es retenido por el algoritmo. recuperar el valor del libro impreso, del afiche, de la fotografía y del archivo material adquiere una importancia política extraordinaria.

Durante siglos, quienes ejercieron el poder comprendieron que dominar una sociedad exigía algo más que controlar su economía, sus instituciones y sus fuerzas armadas. Exigía también controlar su memoria. Decidir qué acontecimientos merecían ser recordados y cómo, qué personajes debían ser exaltados, qué luchas debían desaparecer de los relatos oficiales y del imaginario colectivo, qué experiencias históricas podían ser transmitidas a las generaciones futuras y cuales debían ser borradas.

Los imperios escribieron la historia de sus conquistas presentándolas como gestas civilizadoras. Los colonizadores destruyeron lenguas, símbolos y registros culturales de los pueblos sometidos. Las dictaduras intentaron borrar las huellas de sus crímenes. Y las clases dominantes procuraron convertir sus propias interpretaciones del pasado en una historia aparentemente universal.

Walter Benjamin comprendió profundamente esta relación entre historia y poder cuando advirtió que la tradición de los oprimidos exige disputar las versiones del pasado construidas desde la perspectiva de los vencedores. Porque la historia jamás constituye un territorio neutral. También allí se expresa la lucha de clases y si no somos capaces de disputar la historia, jamas nos ganaremos el derecho de imaginar el futuro.

Y si esto ha sido verdadero durante siglos, adquiere hoy características nuevas.

Vivimos en una época en que la humanidad produce y comparte más imágenes que en cualquier otro momento de su historia. Cada segundo se publican fotografías, videos, testimonios y documentos en una cantidad difícil de imaginar. Parecería, por tanto, que nunca habíamos contado con mejores condiciones para preservar nuestra memoria colectiva. Sin embargo, esa abundancia esconde una contradicción profunda.

Nunca habíamos producido tantas imágenes y, al mismo tiempo, nunca una proporción tan importante de nuestra memoria había dependido de infraestructuras privadas cuya administración escapa al control democrático de los pueblos.

Una fotografía puede desaparecer de una plataforma. Un video puede dejar de circular. Una cuenta puede ser suspendida. Un archivo puede quedar inaccesible. Una búsqueda puede dejar de mostrar determinados resultados. Un algoritmo puede decidir qué acontecimientos merecen visibilidad y cuáles quedarán enterrados bajo millones de contenidos irrelevantes. La censura contemporánea ya no necesita expresarse siempre mediante la prohibición explícita.

Puede operar mediante la invisibilización, la descontextualización, la saturación informativa, la manipulación de los mecanismos de recomendación y la transformación de la memoria en un producto sometido a las prioridades comerciales de las grandes plataformas.

Y aquí aparece una paradoja extraordinaria. La tecnología que prometía democratizar universalmente el conocimiento ha terminado concentrando una parte significativa de su circulación en manos de un número reducido de corporaciones.

El problema, por supuesto, no reside en la tecnología misma. Las herramientas digitales también han permitido documentar violaciones de derechos humanos, recuperar archivos históricos, organizar movimientos sociales y ampliar el acceso al conocimiento. El problema reside en las relaciones de propiedad y de poder bajo las cuales funcionan esas herramientas.

Marx nos enseñó que las fuerzas productivas nunca pueden comprenderse separadas de las relaciones sociales que organizan su utilización. Y hoy esa enseñanza resulta indispensable para comprender y valorar en su justa medida lo que algunos y algunas llaman el territorio digital.

Las plataformas no constituyen simples espacios neutrales de comunicación. Son también empresas que acumulan capital mediante la explotación económica de los datos, la atención y las interacciones humanas. Sus decisiones sobre visibilidad, acceso y permanencia de los contenidos pueden tener consecuencias políticas y culturales extraordinarias.

Por eso este libro posee una importancia que va mucho más allá de su belleza gráfica.

Porque una fotografía impresa, un afiche conservado en un archivo o un libro que circula de mano en mano poseen una materialidad que los distingue de la información sometida exclusivamente a las condiciones de una plataforma digital.

Pueden deteriorarse, pueden perderse y también pueden ser destruidos. No son inmunes a la manipulación ni garantizan por sí mismos una interpretación verdadera de la historia. Pero mientras existen, conservan una huella material que puede ser examinada, contrastada, reproducida y transmitida sin depender necesariamente de la autorización de un intermediario tecnológico.

El libro impreso tiene una virtud profundamente democrática. Puede pasar de una generación a otra. Puede sobrevivir a los cambios de gobierno, a la desaparición de una empresa, a la transformación de una plataforma o al cierre de una cuenta.

Y cuando ese libro reúne imágenes que el poder preferiría olvidar, su existencia adquiere una dimensión de resistencia. Porque la memoria material es porfiada. Permanece allí, esperando que alguien vuelva a abrir sus páginas. Y creo que ése es uno de los mayores méritos de Fidel, 100 años.

Este volumen reúne imágenes que pertenecen a distintas épocas, tradiciones artísticas y experiencias políticas. Encontramos fotografías de Fidel en contacto con trabajadores, campesinos, estudiantes y organizaciones populares. Encontramos afiches producidos por el extraordinario movimiento gráfico cubano. Encontramos obras vinculadas a la solidaridad internacional y expresiones artísticas contemporáneas que recuperan su figura en el centenario de su nacimiento.

No estamos, por tanto, frente a una simple recopilación de retratos. Estamos frente a un archivo visual de la relación entre un dirigente, un pueblo, una revolución y un conjunto de luchas que atravesaron el siglo XX.

Y quisiera detenerme precisamente en esa relación. Cuando observamos una fotografía histórica solemos concentrarnos en el personaje que ocupa el centro de la imagen. Pero una fotografía contiene mucho más que un rostro. Contiene relaciones sociales, gestos, espacios, miradas, vestimentas, formas de organización y expresiones de una época.

Una fotografía de Fidel conversando con campesinos nos habla de una determinada relación entre política y mundo rural. Una imagen suya rodeado de estudiantes nos permite reflexionar sobre la centralidad de la educación en el proyecto revolucionario. Una fotografía junto a trabajadores nos remite a la cuestión del trabajo, de la producción y de la participación popular.

Y cuando esas imágenes se observan en conjunto, aparece la relación entre la trayectoria de una persona y la historia colectiva de un pueblo.

Ésta es una cuestión fundamental. Porque las revoluciones no son obra de individuos aislados. Surgen de contradicciones sociales, de experiencias acumuladas, de organizaciones, de movimientos populares y de pueblos que deciden intervenir activamente en su destino.

Fidel fue una figura decisiva de la Revolución Cubana. Pero la Revolución Cubana fue realizada por millones de cubanos y cubanas que participaron y creyeron en sus luchas, en sus conquistas, en sus contradicciones y en su construcción cotidiana.

El prólogo del embajador de Cuba en Chile, Óscar Cornelio Oliva, recupera precisamente esa dimensión al vincular el pensamiento de Fidel con las tradiciones de José Martí, Simón Bolívar y el marxismo-leninismo, y al destacar que el proyecto revolucionario adquirió existencia concreta mediante la acción del pueblo cubano.

Esa articulación resulta esencial para comprender el legado histórico de Fidel. Porque su pensamiento nunca puede reducirse a una doctrina abstracta. Fue una forma de interpretar las contradicciones concretas de una sociedad marcada por la dependencia económica, la desigualdad social y la subordinación política.

Fidel comprendió que la independencia formal de una nación podía coexistir con profundas relaciones de dependencia material. Y que la soberanía verdadera exigía transformar las estructuras económicas y sociales que reproducían aquella subordinación. Allí encontramos una primera línea fundamental de su pensamiento. La independencia nacional y la justicia social constituyen dimensiones inseparables de un mismo proyecto emancipador.

Una segunda dimensión fue su comprensión del socialismo como una transformación de las condiciones materiales de existencia de las mayorías populares. La Revolución Cubana impulsó transformaciones profundas en educación, salud y acceso a la cultura. La campaña de alfabetización de 1961 constituye uno de los ejemplos más conocidos de esa voluntad de convertir el conocimiento en un bien social.

Y quisiera subrayar especialmente esta cuestión porque nos encontramos en una feria dedicada al libro y a las artes gráficas. Para Fidel, la educación y la cultura no constituían simples complementos de la transformación económica. Eran condiciones fundamentales para que los seres humanos pudieran participar conscientemente en la construcción de su propia sociedad.

La emancipación necesitaba modificar las condiciones materiales de vida, pero también ampliar las capacidades intelectuales, culturales y creativas de las personas. Por eso la cultura y más aun, la participación cultural de los pueblos de Cuba, adquirió un lugar tan importante en la experiencia revolucionaria cubana.

Y dentro de ella, la gráfica política alcanzó y alcanza hasta el día de hoy un desarrollo extraordinario. Uno de los aspectos más interesantes de este libro es que permite reconocer la riqueza estética del movimiento de carteles cubanos. Sus diseñadores desarrollaron un lenguaje visual propio, alimentado por el muralismo latinoamericano, la experimentación tipográfica, el diseño moderno, la serigrafía y distintas corrientes artísticas internacionales.

La escasez de recursos materiales no impidió la creatividad. En muchos casos la estimuló, obligando a desarrollar soluciones gráficas de extraordinaria economía expresiva. Una imagen. Un color. Una composición. Una palabra. A veces esos elementos bastaban para transmitir una idea política compleja y convertirla en una expresión visual capaz de atravesar fronteras lingüísticas y culturales.

Carol Martínez Jiménez, artista plástico y curador, destaca en su prólogo precisamente esta capacidad de los afiches para condensar emoción, historia, lucha y composición en una sola imagen. Y creo que allí encontramos una de las grandes enseñanzas de la gráfica revolucionaria latinoamericana.

El arte puede comunicar aquello que los discursos políticos no siempre consiguen transmitir.

Puede transformar una idea en emoción. Puede convertir una experiencia histórica en símbolo. Puede establecer una relación inmediata entre la memoria y la sensibilidad de quienes observan.

Pero el arte posee también una capacidad crítica que no debemos perder de vista. Su valor no reside exclusivamente en servir a una causa política. Reside también en su libertad creadora, en su capacidad para interrogar la realidad, cuestionar certezas y producir sentidos nuevos.

Por eso una cultura verdaderamente emancipadora necesita artistas comprometidos, pero también artistas libres. Y creo que esa reflexión adquiere un significado especial al presentar este libro junto a Mono González.

La trayectoria de Mono está profundamente vinculada a una de las experiencias más significativas del arte popular chileno. Me refiero al muralismo político, a la gráfica colectiva y a esa extraordinaria tradición de convertir los muros de nuestras ciudades en espacios de comunicación, memoria y participación popular.

En Chile sabemos muy bien que un muro puede convertirse en una página de historia. Las brigadas muralistas demostraron que el arte podía salir de los espacios tradicionales de exhibición y encontrarse directamente con la vida cotidiana del pueblo. Sus obras formaron parte de la disputa cultural de una época, acompañaron luchas sociales y contribuyeron a construir imaginarios colectivos.

Y también sabemos lo que ocurrió después del golpe de Estado de 1973. Muchos murales fueron borrados. Numerosas expresiones cultural s fueron perseguidas. Se intentó eliminar del espacio público la memoria visual de la Unidad Popular y de las organizaciones que habían protagonizado aquel proceso. Pero la memoria sobrevivió.

Sobrevivió en fotografías, en afiches conservados clandestinamente, en archivos personales, en publicaciones realizadas en el exilio y en la memoria de quienes habían participado en aquellas experiencias.

Lo que se borraba de un muro reaparecía en una fotografía. Lo que se prohibía en Chile circulaba en otros países. Lo que una dictadura intentaba destruir encontraba nuevas formas de permanecer. Ésa es precisamente la importancia histórica de los archivos gráficos. No se limitan a conservar objetos del pasado. Preservan evidencias de experiencias colectivas que otros intentaron hacer desaparecer.

Y aquí quisiera destacar especialmente el trabajo del Archivo de la Propaganda Política de Argentina y de la Editorial Nunca Más, que participan en la realización de este volumen. Su prólogo explica que el proyecto busca recuperar la memoria de los pueblos que lucharon por su libertad y soberanía. También señala que el libro reúne materiales diversos, producidos en momentos y circunstancias diferentes. Esa diversidad constituye una de sus mayores virtudes.

Porque la historia de las luchas populares nunca fue uniforme, lineal ni perfectamente ordenada. Estuvo llena de contradicciones, de experiencias distintas, de lenguajes artísticos que dialogaron entre sí y de iniciativas nacidas muchas veces en condiciones extremadamente difíciles.

Los archivos permiten reunir esas huellas dispersas. Y al hacerlo, reconstruyen vínculos históricos que el tiempo, las fronteras y las derrotas políticas pueden haber debilitado.

Una de las experiencias más extraordinarias que aparece en los prólogos de este libro es la de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina, conocida como OSPAAAL.

Fundada en el contexto de la Conferencia Tricontinental de La Habana de 1966, esta organización contribuyó a construir redes de solidaridad entre movimientos de liberación nacional y fuerzas antiimperialistas de distintas regiones del mundo.

Pero su importancia no fue solamente política y diplomática. Fue también cultural. A través de sus publicaciones y afiches, la OSPAAAL desarrolló una de las experiencias más originales de comunicación visual internacionalista del siglo XX. Sus carteles circularon por numerosos países y acompañaron luchas contra el colonialismo, la dominación extranjera y el apartheid.

Tings Chak, directora de arte del Instituto Tricontinental de Investigación Social, relata en su prólogo una experiencia particularmente reveladora. Cuenta que, mientras investigaba la tradición gráfica de la OSPAAAL, tuvo en sus manos un ejemplar original de la revista Tricontinental en un archivo de Londres. Al abrirlo encontró un afiche.

Y describe algo que quienes amamos los libros comprendemos profundamente. El encuentro con el objeto físico era diferente de cualquier reproducción digital.

Allí estaban su peso, su tamaño, el papel, las marcas de impresión y las huellas del trabajo humano que había permitido producirlo, plegarlo y hacerlo circular por el mundo. Ese afiche no era simplemente una imagen. Era también el resultado material de una cadena de trabajo colectivo.

Alguien lo había concebido. Alguien lo había diseñado. Alguien había preparado sus colores. Alguien lo había impreso. Alguien lo había incorporado a una publicación. Alguien lo había transportado. Y finalmente alguien, a miles de kilómetros de distancia, lo había abierto y observado. En ese recorrido se expresa una dimensión extraordinaria del internacionalismo.

La solidaridad necesita ideas, pero también necesita formas materiales de comunicación. Y aquellos afiches permitieron que pueblos separados por enormes distancias geográficas se reconocieran como protagonistas de luchas hermanas.

En el prólogo se recuerda que las imágenes de la OSPAAAL llegaron a movimientos de liberación en África y Asia, a la resistencia palestina y al exilio chileno después del golpe de Estado.

Pensemos por un momento en lo que eso significaba. Un afiche diseñado en La Habana podía terminar en las manos de un militante africano que luchaba contra el apartheid. Una imagen producida en Cuba podía circular entre estudiantes latinoamericanos. Una publicación podía acompañar a quienes resistían una dictadura desde el exilio.

La gráfica revolucionaria construía así una geografía de solidaridad que desbordaba las fronteras nacionales. Y lo hacía mediante un lenguaje que muchas veces podía comprenderse sin necesidad de traducción.

El internacionalismo encontraba en el arte una forma extraordinariamente poderosa de existencia material. Ésta es otra de las grandes líneas del pensamiento de Fidel que este libro nos permite recuperar. Su convicción de que la emancipación de los pueblos no podía quedar encerrada dentro de las fronteras de un solo país.

La Revolución Cubana se desarrolló en condiciones de fuerte confrontación con Estados Unidos y estuvo atravesada por las tensiones de la Guerra Fría. Su política exterior respondió también a alianzas e intereses estratégicos. Pero dentro de esa historia compleja existió una práctica internacionalista que vinculó a Cuba con numerosos movimientos de liberación y proyectos de cooperación.

La participación cubana en Angola, su contribución a las luchas contra el apartheid y las misiones médicas internacionales constituyen dimensiones relevantes de esa trayectoria.

Y los afiches reunidos en este libro permiten comprender que la solidaridad internacional también se construye culturalmente. Que necesita símbolos, relatos, imágenes y experiencias compartidas que permitan a los pueblos reconocerse en las luchas de otros. Por eso la gráfica de la OSPAAAL constituye un patrimonio que trasciende ampliamente la historia de Cuba.

Forma parte de la memoria política y cultural de América Latina, África y Asia. Y su recuperación adquiere una importancia especial en el escenario internacional contemporáneo. Porque seguimos viviendo en un mundo atravesado por profundas desigualdades entre países, conflictos armados, disputas por recursos estratégicos y relaciones económicas que limitan las posibilidades de desarrollo autónomo de numerosos pueblos.

Las formas de dominación han cambiado, pero la cuestión de la soberanía continúa siendo fundamental. Y la memoria de las experiencias internacionalistas del siglo XX puede contribuir a pensar nuevas formas de cooperación, integración y solidaridad para nuestro tiempo.

Quisiera volver ahora a la figura de Fidel. Una fotografía tiene una capacidad extraordinaria para conservar un instante. Pero también posee límites que debemos reconocer. Nos muestra un fragmento de la realidad, seleccionado desde una determinada perspectiva. No nos explica por sí sola todas las condiciones históricas que rodearon aquel momento. Tampoco nos permite comprender completamente las intenciones de quienes aparecen en ella.

Por eso la memoria gráfica necesita encontrarse con la investigación histórica, con el testimonio, con el debate y con el pensamiento crítico. Este libro nos invita a observar a Fidel desde distintas representaciones. Y esa diversidad debería estimular una lectura histórica capaz de reconocer tanto sus contribuciones como las contradicciones de la experiencia que encabezó.

Fidel fue una figura decisiva en la transformación social de Cuba, en la afirmación de su soberanía y en la proyección internacional de su revolución. Su pensamiento articuló la tradición independentista de Martí con el marxismo, el antiimperialismo y una concepción del socialismo vinculada a la transformación de las condiciones materiales de vida.

Pero su legado también debe examinarse a la luz de los problemas que enfrentó la Revolución Cubana, incluidas las dificultades económicas, la burocratización, las restricciones a las libertades políticas y los desafíos de la participación democrática. La memoria histórica pierde profundidad cuando se convierte exclusivamente en veneración.

Y una tradición revolucionaria conserva su capacidad creadora cuando es capaz de estudiar críticamente su propia experiencia. En ese sentido, el pensamiento de Fidel nos ofrece una enseñanza que considero especialmente relevante. La revolución debe comprenderse como un proceso histórico abierto, que necesita reconocer las transformaciones de la realidad y desarrollar nuevas respuestas.

La fidelidad a un proyecto emancipador no consiste en repetir mecánicamente las soluciones del pasado. Consiste en mantener viva la pregunta por las condiciones necesarias para construir una sociedad más justa, democrática y libre. Y aquí aparece una cuestión que considero central para las izquierdas contemporáneas.

Después de la caída de la experiencia soviética, una parte importante de la izquierda mundial comenzó a abandonar progresivamente la idea de superar el capitalismo. La derrota de una experiencia histórica fue interpretada, equivocadamente a mi juicio, como la derrota definitiva de cualquier alternativa sistémica. El resultado fue una reducción considerable de nuestros horizontes políticos.

Comenzamos a discutir principalmente cómo administrar el capitalismo de manera más equitativa, dejando muchas veces fuera del debate las relaciones de propiedad, la concentración del poder económico y las estructuras que reproducen la explotación. Y junto con ese abandono comenzó a producirse otra renuncia. La renuncia a nuestro propio lenguaje.

La explotación empezó a desaparecer detrás de la palabra desigualdad. Los trabajadores comenzaron a ser llamados colaboradores. La precarización se presentó como flexibilidad. Los derechos fueron sustituidos progresivamente por oportunidades. Y la disputa por el poder económico quedó muchas veces reducida a discusiones técnicas sobre regulación.

El lenguaje de las clases dominantes comenzó a ocupar espacios que anteriormente pertenecían al pensamiento crítico. Y aquí el arte vuelve a adquirir una importancia fundamental. Porque las imágenes pueden ayudarnos a recuperar conceptos, experiencias y memorias que el lenguaje dominante intenta desplazar.

Una fotografía de una movilización obrera nos recuerda que los derechos laborales fueron conquistados mediante organización colectiva. Un afiche contra el colonialismo nos recuerda que la independencia de los pueblos fue resultado de luchas históricas. Una imagen de la campaña de alfabetización cubana nos recuerda que la educación puede comprenderse como un derecho social y no exclusivamente como una inversión individual.

El arte puede abrir preguntas que el sentido común dominante procura cerrar. Y por eso los archivos visuales constituyen también herramientas para la formación política. Nos permiten reconocer que las relaciones sociales actuales no son naturales ni eternas. Que hubo otros proyectos de sociedad. Que millones de personas imaginaron alternativas y dedicaron su vida a intentar construirlas.

La memoria gráfica nos recuerda, en definitiva, que la historia permanece abierta. Y quisiera detenerme especialmente en esta idea porque creo que representa uno de los desafíos culturales más importantes de nuestro tiempo. El capitalismo contemporáneo posee una enorme capacidad para apropiarse de los símbolos de quienes lo cuestionaron.

Puede transformar una imagen revolucionaria en mercancía. Puede convertir un rostro histórico en una marca comercial. Puede separar un símbolo de las ideas que le dieron origen y hacerlo circular como un objeto de consumo desprovisto de su significado político. Ésa es una de las formas más sofisticadas de neutralización cultural.

No siempre es necesario prohibir una imagen. A veces basta con vaciarla de contenido. Por eso recuperar la memoria gráfica exige también recuperar su contexto.

Una fotografía de Fidel no debería invitarnos únicamente a reconocer un rostro. Debería llevarnos a preguntarnos por la sociedad cubana anterior a 1959, por las razones que hicieron posible la revolución, por sus conquistas, sus contradicciones y por las relaciones internacionales que condicionaron su desarrollo. Un afiche de solidaridad con Vietnam debería permitirnos recordar las luchas anticoloniales y las enormes consecuencias humanas de aquellas guerras. Una imagen vinculada a Chile debería conducirnos a reflexionar sobre la Unidad Popular, el golpe de Estado, la resistencia a la dictadura y la persistencia de las luchas por la democracia y la justicia social.

El archivo visual alcanza toda su potencia cuando deja de ser una colección de objetos y se convierte en una puerta de entrada al conocimiento histórico. Y precisamente por eso este libro merece circular. Merece estar en bibliotecas, escuelas, universidades, centros culturales, sindicatos y organizaciones sociales.

Merece ser observado por quienes conocieron aquella época y por quienes nacieron mucho después. Merece provocar preguntas, discusiones y nuevas investigaciones.

Porque la memoria no pertenece exclusivamente a quienes vivieron los acontecimientos. Pertenece también a las generaciones que necesitan comprenderlos para interpretar su propio presente.

Compañeras y compañeros.

Quisiera terminar recuperando una reflexión que aparece en las páginas finales de los prólogos de este volumen.

Allí se incluye un fragmento de un discurso pronunciado por Fidel en Cienfuegos, en septiembre de 1992, cuando Cuba atravesaba uno de los momentos más difíciles de su historia reciente, después de la desaparición de la Unión Soviética.

Fidel reflexionaba entonces sobre el comportamiento de las personas y de los pueblos frente a las grandes dificultades. Hablaba de quienes se desalientan, de quienes abandonan sus convicciones y de quienes encuentran precisamente en las circunstancias adversas la oportunidad de demostrar su compromiso.

Aquel discurso pertenecía a un momento histórico específico, pero plantea una pregunta que continúa teniendo sentido. ¿Qué hacemos con nuestra memoria cuando las condiciones políticas se vuelven adversas? ¿La abandonamos porque las circunstancias han cambiado? ¿La reducimos a nostalgia? ¿O somos capaces de convertirla en una fuente de aprendizaje crítico para enfrentar problemas nuevos?

Creo que este libro propone una respuesta. La memoria debe permanecer viva. Y permanecer viva significa circular, ser examinada, discutida, reinterpretada y transmitida. La memoria no puede convertirse en un museo de certezas inmóviles. Necesita encontrarse permanentemente con las preguntas del presente.

Por eso considero especialmente valioso que esta obra se publique en el centenario de Fidel y que su presentación tenga lugar en una feria dedicada a la ilustración y las artes gráficas. Porque nos recuerda que la política también necesita belleza, sensibilidad, imaginación y capacidad creadora.

Nos recuerda que las grandes transformaciones sociales nunca fueron exclusivamente procesos económicos o institucionales. Fueron también procesos culturales en los que millones de personas comenzaron a imaginar una vida distinta. Y nos recuerda que los pueblos necesitan preservar las huellas de sus propias luchas para impedir que otros escriban toda su historia en su nombre.

Vivimos una época de enormes transformaciones tecnológicas. La inteligencia artificial puede producir imágenes de acontecimientos que jamás ocurrieron. Las herramientas digitales permiten modificar fotografías y videos con una facilidad antes inimaginable. Las plataformas concentran capacidades extraordinarias para determinar qué contenidos circulan y cuáles permanecen invisibles.

Frente a esa realidad, la preservación de archivos materiales, fotografías originales, afiches históricos y publicaciones impresas constituye una tarea cultural y democrática de primera importancia, porque la existencia de soportes materiales diversos permite contrastar versiones, verificar procedencias y reducir nuestra dependencia de los sistemas privados que administran buena parte de la memoria digital.

Un libro puede convertirse en un testigo incómodo. Una fotografía conservada puede contradecir un relato oficial. Un afiche recuperado puede devolver a la historia una lucha que parecía olvidada. Y un archivo construido pacientemente por artistas, investigadores y organizaciones populares puede resistir durante décadas los intentos de borrar determinadas experiencias del pasado.

La memoria gráfica es porfiada porque conserva aquello que el poder no siempre consigue hacer desaparecer. Y creo que ésa es una de las grandes contribuciones de Fidel, 100 años.

Este libro nos permite recorrer, a través de imágenes, una parte fundamental de la historia política y cultural del siglo XX. Nos muestra cómo una revolución produjo también un lenguaje artístico propio, cómo la solidaridad internacional encontró expresión en la gráfica popular y cómo generaciones de creadores transformaron el afiche y la fotografía en instrumentos de comunicación y memoria.

Pero, sobre todo, nos recuerda que detrás de cada imagen existen personas, trabajos, decisiones y experiencias colectivas que merecen ser conocidas.

Quiero felicitar a la Editorial Nunca Más, al Archivo de la Propaganda Política de Argentina, a quienes aportaron sus colecciones, a los artistas y curadores que hicieron posible esta publicación, y especialmente a Mono González, con quien tengo el privilegio de compartir este lanzamiento.

Su trabajo nos recuerda que el arte popular puede contribuir a construir memoria, identidad y reflexión crítica, y que esa tarea continúa siendo indispensable para nuestras sociedades.

Cien años después del nacimiento de Fidel, quizá el mejor homenaje que podemos rendir a su trayectoria consista en estudiar su pensamiento, reconocer sus contribuciones, discutir sus contradicciones y mantener abierta la posibilidad de imaginar formas distintas de organización social.

Porque el capitalismo no constituye el final de la historia. Porque las sociedades pueden transformarse. Porque los pueblos tienen derecho a conocer su pasado y a construir libremente su futuro. Y porque ninguna sociedad puede considerarse verdaderamente democrática si la memoria colectiva depende exclusivamente de quienes concentran el poder económico, político y tecnológico.

Quisiera terminar con una última reflexión.

Los poderosos pueden intentar borrar los murales de una ciudad. Pueden retirar libros de circulación. Pueden controlar medios de comunicación, modificar algoritmos y administrar plataformas digitales.

Pero mientras existan personas dispuestas a conservar una fotografía, recuperar un afiche, imprimir un libro y transmitir una historia, la memoria seguirá encontrando caminos para sobrevivir.

Ésa es la importancia de esta obra. Ésa es la importancia del arte. Y ésa es también la responsabilidad que tenemos con las generaciones que vendrán. Porque un pueblo que conserva críticamente su memoria dispone de mejores herramientas para comprender su presente y decidir su futuro.

Que este libro siga circulando. Que sus imágenes sigan provocando preguntas. Que su memoria permanezca abierta a nuevas lecturas.

Y que, cien años después del nacimiento de Fidel, podamos seguir encontrando en la historia de las luchas populares razones para estudiar, crear, reflexionar y construir un mundo donde la dignidad humana sea el fundamento de nuestra vida colectiva.

Muchas Gracias

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