Lo que intenté hacer aquí es otra cosa: tomar sus herramientas, las que ella forjó al calor de huelgas reales, guerras reales y revoluciones reales, y preguntar qué pueden decirnos sobre el mundo en que vivimos hoy. Si después de leerlo encuentran que la respuesta es que puede decirnos mucho, que es incómoda y que nos obliga a hacernos preguntas que preferiríamos no hacernos, entonces el libro cumplió su propósito.
Presentación del libro por Daniel Jadue
Compañeros y compañeras, amigos y amigas
Quiero comenzar agradeciendo la rpesencia de todas y todos ustedes aca esta tarde, agradecer tambien a la Editorial Plebeya que ha hecho posible este encuentro y a los organizadores de esta feria por darnos la oportuidad de conversar en torno a los libros. Quiero además partir con una explicación necesaria. Este no es un libro sobre Rosa Luxemburgo. Es un libro con Rosa Luxemburgo.
La diferencia no es menor: los libros sobre alguien tienden a concentrarse en las reverencias, a transformarloo o transformarlas en monumentos estáticos, o en el mejor de los casos, en un rito que se agota en una fecha de calendario y en citas de ocasión.
Lo que intenté hacer aquí es otra cosa: tomar sus herramientas, las que ella forjó al calor de huelgas reales, guerras reales y revoluciones reales, y preguntar qué pueden decirnos sobre el mundo en que vivimos hoy. Si después de leerlo encuentran que la respuesta es que puede decirnos mucho, que es incómoda y que nos obliga a hacernos preguntas que preferiríamos no hacernos, entonces el libro cumplió su propósito.
Rosa Luxemburgo fue asesinada el 15 de enero de 1919 por encargo del gobierno socialdemócrata alemán. Ahora bien, lo que hace especialmente doloroso ese dato no es la brutalidad del crimen sino el hecho de que quienes la mandaron matar se llamaban a sí mismos, como tantas veces pasa hoy, compañeros.
El reformismo, al que ella había combatido toda su vida con argumentos rigurosos y fraternales, terminó aliándose con el fascismo para silenciarla. Ese es el primer hecho que el libro quiere instalar: Rosa fue asesinada no por sus enemigos declarados sino por quienes habían renunciado al horizonte transformador en nombre de la responsabilidad y la gobernabilidad. Eso no es historia del pasado. Es un diagnóstico que tambien ilumina el presente.
El problema de la reforma sin horizonte
El eje central del libro es el debate entre reforma y revolución, que Rosa desarrolló en 1899 contra Eduard Bernstein y que un siglo después sigue sin resolverse. Bernstein creía que el capitalismo podía humanizarse gradualmente desde adentro, que las reformas parlamentarias, las cooperativas y la legislación social eran el camino al socialismo. Rosa respondió con una claridad que hoy puede explicarnos por qué llegamos a tener un gobierno de extrema derecha elegido por la via electoral: las reformas son necesarias, indispensables, pero solo si no sustituyen al horizonte de la construcción del socialismo, sino que lo preparan.
Su frase más precisa en ese debate es esta: “Quien renuncia al fin, renuncia también al camino.” No es una cita que busca agitar a las masas. Es un diagnóstico sobre lo que le pasa a una izquierda que deja de creer en su propia propuesta y termina administrando el modelo que prometía transformar.
Chile es el caso más pedagógico disponible de lo que Rosa anticipó. La salida pactada de la dictadura, el reformismo sin horizonte de la Concertación, la profundización del modelo neoliberal por gobiernos que se decían progresistas, el estallido de 2019 y la derrota temporal del proceso constituyente, son los capítulos de una historia que Rosa hubiera podido predecir, porque sus categorías de análisis son exactas para describir ese proceso.
Un estudio de hace algunos meses de Ipsos reveló que el 45% de los hogares chilenos no llega a fin de mes, que el 72% está endeudado y que la emoción dominante frente a esa deuda es la angustia. Otro estudios expreso que la mayoría de los jóvenes quiere irse de este país y que muchos de ellos ni siquiera piensa en traer hijos a este mundo porque no saben como se harían cargo de ellos. Mas de 40% piensa que jamas podrá comprarse una casa. Lo peor de todo, es que eso no es el fracaso del modelo. Es el modelo funcionando exactamente como fue diseñado: transfiriendo valor del trabajo al capital mediante salarios bajos, deuda y privatización de lo común.
Y mientras eso ocurre, la discusión política se reduce a quién administra mejor esa realidad, no a cómo transformarla. Rosa llamaba a eso el fetichismo institucional, la ilusión de que las instituciones existentes pueden resolver las contradicciones que las produjeron. Una jaula con voto, decía. La descripción es brutal. También es precisa.
La acumulación que devora el mundo
El segundo eje del libro es el análisis de la acumulación del capital, que Rosa desarrolló en su obra más ambiciosa en 1913. Su pregunta de partida parece técnica pero es explosiva: ¿quién compra el excedente cuando los salarios son demasiado bajos para que los trabajadores consuman lo que producen? Su respuesta fue herética en su tiempo y sigue siéndolo ahora: el capitalismo no puede reproducirse dentro de sí mismo. Necesita devorar permanentemente lo que aún no es capitalista, territorios, pueblos, naturaleza, cuerpos, datos, tiempo futuro de las familias y de los estados que buscan su independencia.
Por eso el imperialismo no es una opción del capitalismo sino su condición de existencia. Por eso la guerra no es la interrupción del orden económico sino su continuación por otros medios. Por eso el extractivismo no es un exceso del modelo sino su lógica más pura. Por eso el litio de Atacama, el cobre de las mineras transnacionales, el agua que se privatizó en la dictadura y que todavía no hemos recuperado completamente, son parte del mismo proceso que Rosa describió hace más de un siglo con una lucidez que todavía nos estremece.
El caso de María Inés Bonvin lo pone en términos humanos concretos. Murió esperando un medicamento que su Isapre le negó porque lo clasificó como uso no indicado en la etiqueta. Menos de tres meses después de la prescripción, falleció. Un año después de su muerte, la Corte de Apelaciones ordenó a la aseguradora cubrir el tratamiento. La justicia llegó cuando ya no había vida que salvar. Eso es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado: convirtiendo el derecho a la salud en mercancía, garantizando la ganancia corporativa y procesando el daño mediante una burocracia judicial cooptada por el capital y que cuando llega, lo hace tarde y llama a eso justicia.
Rosa llamaba a eso barbarie. No como hipérbole retórica sino como descripción material de lo que ocurre cuando la lógica de la acumulación infinita choca contra los límites de la vida humana y del planeta. Y su advertencia final sigue siendo válida: entre la revolución social y la ruina de la humanidad no hay término medio. La contradicción principal de nuestro tiempo sigue siendo Socialismo o Barbarie la Barbarie la vivimos todos los dias, con el gebnocidio, con los secuestros de presidentes, con los bloqueos que buscan matar de hambre a pueblos enteros por buscar una alternativa..
Democracia socialista o degeneración
El tercer eje del libro es el que más incomoda a quienes leen a Rosa desde la izquierda. Porque Rosa no solo criticó el reformismo burgués. Criticó con la misma energía las tendencias autoritarias del propio movimiento socialista.
En La Revolución Rusa, escrito desde la cárcel en 1918 mientras la revolución bolchevique estaba en curso, escribió la frase que mejor lo resume: “La libertad es siempre y exclusivamente libertad para quien piensa diferente.” No es una concesión al liberalismo. Es la condición de posibilidad de cualquier socialismo que merezca ese nombre. Rosa sabía, por su propia experiencia, que una organización que suprime la disidencia interna pierde la capacidad de aprender de la realidad y termina reproduciendo las jerarquías que prometía eliminar.
La advertencia tiene dos destinatarios simultáneos. El primero es la socialdemocracia que renuncia al horizonte y administra el capitalismo con buenos modales. El segundo es la izquierda que llega al poder y olvida que sin libertad para disentir, sin control desde abajo, sin revocabilidad de los cargos, sin participación real de los pueblos en las decisiones que los afectan, el socialismo se convierte en burocracia y la burocracia en nueva forma de dominación. El derrumbe de la URSS terminó dándole la razón en ese frente también.
Para el Chile de hoy eso significa algo concreto. El proceso constituyente de 2022, si bien fue un avance importante en la lucha larga por una nueva constitución, fracasó por múltiples razones, algunas externas y otras propias, pero una de las más importantes fue que no logró conectar su lenguaje de derechos con la experiencia cotidiana de millones de personas que lo necesitaban pero que no se reconocieron en él. Las asambleas que debían ser escuelas de democracia radical terminaron siendo percibidas como espacios de la élite progresista. Rosa hubiera dicho que la libertad para disentir y la participación real no son condiciones que se añaden al proceso cuando es conveniente. Son su condición de posibilidad.
Los nuevos sujetos y la caja de herramientas
El cuarto eje del libro es la pregunta por los sujetos de la transformación. Rosa escribió en un tiempo en que el sujeto del marxismo clásico era predominantemente el obrero industrial masculino del mundo europeo. Pero su método, su manera de pensar en totalidades vivas donde economía, política, género, cultura y naturaleza se entrelazan, permite extender su análisis hacia dimensiones que ella misma no desarrolló completamente pero que su propio pensamiento exige.
El feminismo, que Rosa articuló junto a Clara Zetkin con una claridad que su tiempo no siempre reconoció, sigue siendo una dimensión constitutiva del proyecto socialista y no un agregado identitario. Cuando decimos que no hay socialismo sin feminismo no estamos haciendo una concesión táctica. Estamos diciendo que la reproducción de la vida, el trabajo de cuidado, la doble jornada invisible, son dimensiones de la explotación capitalista tan fundamentales como el salario. Una izquierda que no entiende eso no entiende cómo funciona el capitalismo del siglo XXI.
La crisis ecológica tampoco es un tema aparte. La acumulación por desposesión que Rosa describió opera hoy sobre la naturaleza con una ferocidad que ella anticipó pero que en su escala actual supera todo lo que pudo imaginar. El litio, el agua, los bosques, el espectro electromagnético, los datos que generamos con cada clic: todos son territorios de una acumulación que necesita nuevas fronteras porque las anteriores ya fueron devoradas. La barbarie ecológica es la barbarie capitalista con otro nombre.
Y el internacionalismo, que Rosa defendió con su vida y pagó con ella, es hoy más urgente que nunca. Cuando la socialdemocracia europea vota presupuestos de guerra en lugar de presupuestos de vida, cuando gobiernos que se dicen progresistas se alinean con el imperialismo en nombre de valores que no practican, cuando la solidaridad con Palestina se convierte en criterio de diferenciación entre una izquierda que tiene principios y una que los sacrifica en el altar de la gobernabilidad internacional, Rosa sigue siendo la brújula más precisa disponible.
La pregunta que el libro deja abierta
Este libro no da respuestas definitivas. Ofrece herramientas. Y la herramienta más importante que Rosa nos deja no es ninguna de sus categorías analíticas específicas sino su método: pensar con los pies en la tierra y el horizonte abierto, sin aceptar mapas prestados ni lenguaje impuesto desde arriba o desde afuera, sin confundir reforma con horizonte ni organización con aparato, sin olvidar que la libertad para disentir es la condición de cualquier emancipación real.
La disyuntiva que da nombre a su legado más conocido, socialismo o barbarie, es un, como dije al principio, un diagnóstico del momento histórico en que vivimos. Los genocidios en curso, la crisis climática que avanza mientras las cumbres fracasan, la deuda que estrangula a los estados y a las familias, la ultraderecha que crece precisamente donde la izquierda abandonó los territorios y las comunidades: todo eso confirma que la barbarie no es una posibilidad futura. Es la descripción del presente.
Lo que Rosa nos recuerda es que ese presente no es inevitable. Que la historia no está escrita. Que la acción colectiva organizada, con horizonte claro, con democracia interna real y con conexión permanente con las luchas concretas de los pueblos, puede producir otra cosa. Que “la revolución se hace a pesar de los pesimistas”, como ella decía con esa terquedad que ningún carcelero pudo quebrar.
Este libro quiere ser una contribución a ese esfuerzo. No un manual de respuestas sino una invitación a las preguntas correctas. Porque Rosa nos enseñó que formular las preguntas correctas ya es mitad del camino. La otra mitad la ponemos nosotros y nosotras, en las calles, en las organizaciones, en los territorios, en cada asamblea donde alguien insiste en que sin debate no hay victoria y en cada comunidad que decide que sus problemas tienen causas estructurales y que esas causas pueden transformarse.
No venimos a venerar a Rosa. Venimos a usarla. Y esa es la mejor manera de honrarla.
Gracias.
