En la sede sindical de la CONSTRAMET y ante un publico de más de un centenar de personas, se presento el libro con más de 29 ensayos sobre Fidel Csstro y su legado. Entre los autores se encuentran Katiuska Blanco, Rene Gonzalez, Nestor Kohan, Silvio Rodriguez y Marta Harnecker. Editado por Carlos Torres y José Bórquez, e impreso por la editorial La Estaca. realiza un recoorido imprescindible por la tremenda complejidad de un lider que marco el siglo XX y sigue incomodando al poder durante el Siglo XXI.
Presentación del libro por Daniel Jadue
El libro que hoy tengo el honor de presentar viene interpelar una época. Aunque conmemora el centenario del nacimiento de Fidel Castro, no es un libro sobre el pasado. Es un libro profundamente anclado en el presente y, sobre todo, en el futuro. No pretende convertir a Fidel en una figura de museo ni levantar una estatua más para la contemplación nostálgica. Nos invita, por el contrario, a preguntarnos por qué, a cien años de su nacimiento, seguimos necesitando leerlo, discutirlo y pensar con él. Por qué el imperio sigue gastando tantos recursos en demonizarlo a el y a la Revolución que lideró. Esa es, a mi juicio, la verdadera pregunta que recorre cada uno de los ensayos reunidos en esta obra. ¿Qué explica que un hombre cuya vida estuvo ligada a las grandes batallas del siglo XX siga siendo una referencia ineludible para comprender las contradicciones del siglo XXI?
Vivimos tiempos en que el capitalismo pretende convencernos de que la historia terminó, de que no existen alternativas, de que el mercado constituye el horizonte natural de toda sociedad y de que la política debe limitarse a administrar lo existente. Frente a esa resignación organizada, volver a Fidel constituye un acto profundamente subversivo. No porque sus respuestas puedan trasladarse mecánicamente a nuestro tiempo, sino porque su forma de pensar continúa enseñándonos algo esencial. La historia nunca está escrita de antemano. Los pueblos pueden transformarla cuando son capaces de organizarse, de comprender la realidad y de actuar colectivamente para cambiarla.
Uno de los grandes méritos de este libro consiste precisamente en mostrar que Fidel nunca entendió la Revolución como un acontecimiento congelado en el tiempo. Aurelio Alonso recuerda que, para él, la revolución era un proceso permanente de transformación, una práctica capaz de cuestionarse a sí misma y de cambiar todo aquello que debía ser cambiado. Esa idea, formulada por Fidel en el año 2000, continúa siendo una de las definiciones más profundas de lo que significa una política verdaderamente revolucionaria. No se trata de conservar un conjunto de respuestas, sino de mantener viva la capacidad de formular nuevas preguntas frente a una realidad que cambia constantemente.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más urgentes para las izquierdas contemporáneas. Durante demasiado tiempo hemos oscilado entre dos peligros igualmente estériles. Por una parte, la nostalgia, que convierte las experiencias revolucionarias en objetos de culto y termina reemplazando el pensamiento crítico por la repetición ritual de consignas. Por otra, la adaptación permanente, que acepta como inevitables las reglas del capitalismo y reduce la política a la administración eficiente del orden existente. Fidel recorrió un camino distinto. Jamás renunció a los principios, pero tampoco aceptó convertirlos en dogmas. Entendió que el marxismo sólo conserva su fuerza cuando permanece en diálogo permanente con la realidad concreta.
Esa idea aparece desarrollada con especial claridad en el ensayo de Néstor Kohan, quien muestra cómo Fidel logró construir un pensamiento profundamente latinoamericano sin abandonar nunca el horizonte universal del marxismo. Martí, Marx y Lenin no aparecen como tradiciones enfrentadas, sino como dimensiones complementarias de una misma búsqueda emancipadora. Fidel comprendió que ninguna revolución podía triunfar copiando modelos ajenos. Cada pueblo debía construir su propio camino a partir de su historia, de su cultura y de las condiciones concretas de su lucha.
Ésa es probablemente una de las razones por las cuales la Revolución Cubana sigue despertando tanto interés. No fue la repetición de una experiencia europea trasladada al Caribe. Fue una creación política original. Demostró que América Latina no estaba condenada a ser únicamente objeto de la historia, sino que también podía convertirse en sujeto capaz de producir pensamiento propio y de ofrecer alternativas para el conjunto de la humanidad.
Hay otro aspecto que atraviesa prácticamente todo el libro y que, a mi juicio, constituye uno de los rasgos más admirables de Fidel. Me refiero al internacionalismo. Vivimos en un mundo que nos enseña permanentemente a competir. Competimos por empleos, por mercados, por inversiones, por influencia geopolítica y, muchas veces, incluso por derechos básicos. Frente a esa lógica, Fidel defendió siempre una idea radicalmente distinta. Ningún pueblo puede considerarse plenamente libre mientras otros pueblos continúen sometidos. La solidaridad no era para él un gesto de generosidad ocasional. Era una obligación ética y política inseparable del proyecto socialista.
Los ensayos dedicados al internacionalismo cubano recuerdan las brigadas médicas, la cooperación educativa, el apoyo a los movimientos de liberación nacional y la participación decisiva de Cuba en las luchas anticoloniales africanas. João Pedro Stedile muestra que esa vocación internacionalista nunca respondió a cálculos diplomáticos ni a intereses económicos. Expresaba una convicción profundamente arraigada; la emancipación sólo adquiere sentido cuando se concibe como una tarea universal.
Naturalmente, una lectura honesta de Fidel exige reconocer que la Revolución Cubana también enfrentó errores, contradicciones y dificultades. Ninguna obra humana escapa a ellas. Pero sería igualmente deshonesto ignorar que muy pocos procesos históricos han debido desarrollarse bajo un bloqueo económico, financiero y político tan prolongado. Keith Bolender recuerda que la política estadounidense hacia Cuba nunca buscó únicamente modificar determinadas decisiones del gobierno revolucionario. Su objetivo permanente consistió en impedir que un proyecto soberano pudiera consolidarse como ejemplo para otros pueblos del continente.
Y, sin embargo, Cuba continúa existiendo. Continúa formando médicos, produciendo ciencia, defendiendo la educación pública, sosteniendo una cultura profundamente humanista y manteniendo viva una idea que el capitalismo considera particularmente peligrosa; que la economía debe organizarse en función de la dignidad humana y no de la rentabilidad del capital.
Quizá por eso la figura de Fidel continúa siendo tan incómoda. No porque representara la perfección política, sino porque desafió una de las creencias fundamentales del neoliberalismo; la idea de que no existe alternativa posible. Toda la trayectoria de Fidel demuestra exactamente lo contrario. La historia permanece abierta mientras existan pueblos dispuestos a transformarla.
Fernando Martínez Heredia señala que Fidel nunca entendió el socialismo como una obra terminada, sino como una construcción permanente, crítica y profundamente creadora. Esa afirmación resume admirablemente el espíritu del libro. El socialismo no aparece como una fórmula acabada, sino como un horizonte ético y político que obliga a revisar permanentemente nuestras prácticas, nuestros errores y nuestras responsabilidades.
Hay una razón adicional por la que considero especialmente valiosa esta obra. Nos recuerda que Fidel no fue únicamente un jefe de Estado ni un extraordinario conductor político. Fue también un intelectual en el sentido más profundo del término. Pensó la economía, la educación, la cultura, el medio ambiente, la comunicación, la ciencia, la ética y las relaciones internacionales como partes inseparables de un mismo proyecto emancipador. Quizá por eso resulta imposible comprender plenamente cualquiera de esas dimensiones sin dialogar también con las demás.
El libro concluye recuperando el célebre discurso pronunciado por Fidel en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, en 1992. Mucho antes de que la crisis climática ocupara el centro del debate mundial, Fidel advertía que el modelo de producción y consumo dominante estaba destruyendo las bases materiales de la vida y que la humanidad debía cambiar de rumbo antes de que fuera demasiado tarde. Hoy, cuando el planeta enfrenta una emergencia ecológica sin precedentes, aquellas palabras poseen una fuerza casi profética.
Permítanme terminar con una reflexión personal. Creo que el mayor homenaje que podemos rendir a Fidel no consiste en repetir sus discursos ni en memorizar sus frases más célebres. Consiste en hacer exactamente lo que él hizo durante toda su vida; estudiar rigurosamente la realidad, comprender las nuevas formas de dominación, organizar a nuestro pueblo y atrevernos a imaginar un futuro distinto cuando todo parece indicar que el presente es inmodificable.
Porque, en definitiva, Fidel nunca nos pidió que creyéramos en él. Nos pidió algo mucho más difícil. Que creyéramos en la capacidad de los pueblos para construir su propia historia.
Y mientras esa convicción siga viva, mientras exista un solo pueblo dispuesto a luchar por su soberanía, por la justicia social y por la dignidad humana, Fidel seguirá siendo, más que un recuerdo, un compañero de camino.
