El triunfo electoral del partido anticapitalista en la capital alemana, impulsado por la exigencia de socializar a los gigantes de la vivienda, evidencia la quiebra del consenso socialdemócrata y conservador frente a la crisis del costo de la vida.
Por Equipo El Despertar
El histórico resultado de las elecciones estatales en Berlín, donde Die Linke (La Izquierda) se erigió como la fuerza más votada superando el 25% de los sufragios, representa una severa sacudida a la arquitectura política del régimen burgués alemán. Frente al discurso hegemónico de los medios dominantes —que intenta reducir el fenómeno a un mero «voto de protesta» o una fragmentación coyuntural del electorado—, el ascenso popular de la candidatura encabezada por Elif Eralp responde a la agudización de las contradicciones urbanas en la metrópoli imperialista. El colapso del caudal electoral de la conservadora CDU del canciller Friedrich Merz y el retroceso de la socialdemocracia (SPD) ponen de manifiesto el agotamiento de la gestión neoliberal, incapaz de contener la precarización habitacional y la erosión del salario real de la masa trabajadora.
El eje central de este vuelco electoral reside en la canalización política de la lucha por el derecho a la ciudad y la vivienda, sintetizado en la exigencia innegociable de ejecutar la expropiación y socialización de los grandes consorcios inmobiliarios. Como explicaba Karl Marx en El Capital, «la renta del suelo y el acaparamiento de la propiedad urbana constituyen mecanismos de extracción secundaria donde el capital financiero despoja al obrero de una porción sustancial de su salario para valorizar la propiedad privada». Al colocar la confiscación de los especuladores en el centro del programa de gobierno, Die Linke no solo capitalizó la abstención histórica y el desencanto con los partidos tradicionales, sino que puso en tensión los límites de la legalidad burguesa frente a la necesidad material del proletariado berlinés.
El comportamiento del resto de los sectores que apelan al espectro de la izquierda y el progresismo expone, por su parte, las distintas respuestas ideológicas ante la crisis de acumulación. Mientras el SPD sufre un descalabro histórico producto de su rol como gestor del ajuste fiscal y servidor del complejo militar e industrial, los Verdes experimentaron pérdidas notables al consolidarse como el ala socioliberal de la burguesía urbana tecnocrática. Por otro lado, formaciones de impronta soberanista o populista de izquierda como la BSW (Alianza Sahra Wagenknecht) tropezaron al no alcanzar la barrera del 5% para ingresar al parlamento regional, demostrando las limitaciones de los proyectos que vacilan entre el corporativismo nacional y la desarticulación de la lucha antiimperialista e internacionalista de las clases populares.
Como advertía Vladimir Lenin al analizar las batallas electorales dentro del marco parlamentario capitalista, «la democracia burguesa es siempre una envoltura política para la dictadura del capital; la participación en sus instituciones solo adquiere un sentido revolucionario cuando sirve para agitar, organizar a las masas e impugnar la propiedad privada de los medios de vida». El desafío que se abre tras la victoria en Berlín no se resolverá en las componendas de pasillo ni en las transacciones con partidos defensores del statu quo. La viabilidad de las demandas populares dependerá de la capacidad de la clase trabajadora y de los movimientos sociales de base para sostener la movilización en las calles, imponiendo la expropiación inmobiliaria frente al inevitable boicot de la burguesía financiera y las instituciones del Estado.
