Mientras los consejeros del Banco Central recibían su aumento del 14,4%, el gobierno de Kast presentaba al Congreso su propuesta de reajuste del salario mínimo. La propuesta inicial era un aumento de apenas $7.546 (un 1,4%), una cifra que la oposición calificó de “miserable”. Tras las críticas, el gobierno la duplicó a $14.553, lo que eleva el salario mínimo de $539.000 a $553.553, un incremento del 2,7%.
Por Editor El Despertar
Hay cifras que no necesitan grandes explicaciones. Hablan por sí solas, como un espejo que devuelve la imagen más cruda de una sociedad. El decreto que el Presidente José Antonio Kast firmó el 3 de agosto, reajustando en un 14,4% los sueldos de los consejeros del Banco Central, y el proyecto de ley que su propio gobierno presentó al Congreso para aumentar el salario mínimo en un 2,7%, no son dos medidas separadas. Son las dos caras de la misma moneda: la moneda del Estado de los patrones.
La élite que siempre encuentra presupuesto
La presidenta del Banco Central, Rosanna Costa, pasará a ganar $21.098.704 brutos mensuales. El vicepresidente, $18.754.403; los consejeros, $17.582.253. El incremento del 14,4% es el mayor en una década. Durante los cinco años anteriores, entre 2020 y 2025, la remuneración base de los consejeros subió apenas un 3%, muy por debajo de una inflación que bordeó el 36%. Durante prácticamente diez años, sus sueldos estuvieron congelados. Pero en el momento en que la derecha llega al poder, el “cuasicongelamiento” se rompe. No es una casualidad. Es una señal.
La justificación oficial es que se debe “mantener el atractivo del cargo” para “economistas de primer nivel”. El argumento es impecable desde la lógica del capital: los mejores cerebros deben estar al servicio del mercado, y el Estado debe competir con el mercado para contratarlos. Pero la pregunta que la clase trabajadora debe formularse es simple y brutal: ¿por qué la misma lógica no se aplica a los trabajadores de la salud, los profesores, los funcionarios públicos que sostienen el Estado con su trabajo?
Los de abajo que siempre deben esperar
Mientras los consejeros del Banco Central recibían su aumento del 14,4%, el gobierno de Kast presentaba al Congreso su propuesta de reajuste del salario mínimo. La propuesta inicial era un aumento de apenas $7.546** (un 1,4%), una cifra que la oposición calificó de “miserable”. Tras las críticas, el gobierno la duplicó a $14.553, lo que eleva el salario mínimo de $539.000 a $553.553, un incremento del 2,7%.
La cifra quedó lejos de los $637.000 que exigía la Central Unitaria de Trabajadores (CUT). Y ni siquiera alcanza a cubrir la inflación proyectada para el año. Pero para el gobierno de Kast, el 2,7% es suficiente. Es la “austeridad” que predican para los de abajo.
La geometría de la desigualdad
La comparación es brutal: los consejeros del Banco Central reciben un aumento 5,3 veces mayor que el salario mínimo. La presidenta del Banco Central, con su sueldo de $21 millones, gana en un mes lo que un trabajador con el salario mínimo ganaría en más de tres años (38 meses para ser exactos).
Los cinco consejeros del Banco Central, con su aumento del 14,4%, recibirán en conjunto un incremento mensual de aproximadamente $5,2 millones. Con ese dinero, el gobierno podría haber financiado el aumento del salario mínimo para más de 350 trabajadores. Pero la opción política fue otra: premiar a los de arriba y contener a los de abajo.
El contraste no se limita a los números. Se extiende al discurso. La misma administración que encontró tiempo y recursos para aprobar una megareforma que transfiere 4.000 millones de dólares anuales a las grandes empresas, que recortó la gratuidad universitaria y desfinanció la salud pública, que anunció un ajuste fiscal de 6.000 millones de dólares, ahora dice que no hay plata para un aumento digno del salario mínimo. Pero encuentra la plata para un aumento del 14,4% para los consejeros del Banco Central.
La función de clase de la “austeridad”
Desde una perspectiva marxista, esta contradicción no es un accidente ni una incoherencia. Es la esencia del Estado de los patrones. La “austeridad” que predica la derecha no es una política económica; es un instrumento de dominación de clase. Se aplica con rigor a los de abajo —recortando sus derechos, precarizando su trabajo, desfinanciando sus servicios públicos— y se desvanece cuando se trata de los de arriba.
Los consejeros del Banco Central no son “técnicos” neutrales. Son la élite económica que define las reglas del juego. Su función no es proteger a la clase trabajadora, sino garantizar la estabilidad monetaria que el capital necesita para acumular. Su aumento no es un acto de justicia; es un acto de clase. Es la confirmación de que, en el Chile de los patrones, el Estado está al servicio de los intereses del capital, no de las necesidades de los trabajadores.
El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, justificó la propuesta inicial de aumento del salario mínimo argumentando que “los costos que enfrenta el empleador van al alza”. Es decir: no se puede aumentar el salario mínimo porque eso afectaría a los empresarios. Pero aumentar los sueldos de los consejeros del Banco Central en un 14,4% no afecta a nadie. Esa es la lógica de la clase dominante: siempre hay plata para los de arriba, y siempre hay excusas para los de abajo.
Epílogo: la lección que no debemos olvidar
El 14,4% de los consejeros del Banco Central y el 2,7% del salario mínimo no son dos medidas separadas. Son la misma política: la política de la desigualdad. La política que dice que los de arriba merecen todo y los de abajo merecen migajas.
La clase trabajadora no debe dejarse engañar por el discurso de la “austeridad” y el “orden fiscal”. La verdadera lucha no es contra los sueldos de los consejeros del Banco Central, sino contra un sistema que blinda a los de arriba y criminaliza a los de abajo. Mientras el gobierno de Kast sigue predicando la “mano dura” para los pobres, la élite económica sigue haciendo su agosto con el saqueo de los recursos públicos. El 14,4% de los consejeros y el 2,7% de los trabajadores no son el fin de la historia. Son el recordatorio de que la lucha de clases sigue siendo la única clave para entender el Chile de los patrones.
