Lun. Sep 14th, 2026

La fusión ABC–La Polar: concentración de capital, despojo laboral y la crisis como coartada

Sep 14, 2026
Foto The Clinic

La reestructuración que fusionó a Abcdin y La Polar bajo la marca “abc” no es una simple operación de sinergias empresariales: es un caso paradigmático de cómo el capitalismo chileno resuelve sus crisis sobre las espaldas de la clase trabajadora, mientras las narrativas hegemónicas celebran la “estabilidad” y la “sostenibilidad” del negocio.


Por Equipo El Despertar

Cuando la Fiscalía Nacional Económica (FNE) aprobó sin condiciones la fusión entre AD Retail —matriz de Abcdin— y Empresas La Polar a fines de 2023, el discurso oficial habló de “potenciar operaciones conjuntas” y “aprovechar sinergias” para proyectar “un negocio a largo plazo de manera sostenible”. Lo que esa retórica ocultaba era la operación de manual: dos capitales en dificultades se fusionan para concentrar poder de mercado, reorganizar deuda y, sobre todo, expulsar fuerza de trabajo del proceso productivo. En términos marxistas, no estamos ante una “optimización” neutral, sino ante una respuesta clásica del capital a la caída tendencial de la tasa de ganancia: la concentración como mecanismo de supervivencia y la reducción de costos laborales como válvula de escape.

Los números desnudan la operación. Hasta fines de junio de 2026, la empresa resultante contabilizó 3.072 colaboradores, 711 menos que los registrados en diciembre de 2025 —una reducción del 18,8% de su dotación total—. Las gerencias se redujeron a la mitad, y los ejecutivos pasaron de 16 a 8, eliminando “duplicidades de cargos” que surgieron con la fusión. Traducido al lenguaje de la economía política: el capital fusionado no solo absorbe a su competidor, sino que extrae plusvalor adicional mediante la intensificación del trabajo de quienes quedan y la expulsión masiva de quienes estorbaban a la rentabilidad. El “Plan Fénix”, liderado por la consultora externa Matrix, ejecutó cerca de 70 despidos en oficinas corporativas como parte de esa “optimización interna”. La consultora externa —figura imprescindible del capitalismo contemporáneo— opera como el verdugo tercerizado: la empresa no mancha sus manos directamente, pero el resultado es el mismo.

La prensa hegemónica presenta estos despidos como un “ajuste necesario” hacia una “compañía más liviana”. Pero “más liviana” significa, en concreto, menos trabajadores cargando con más funciones, en locales más pequeños y con mayor foco en moda —un giro estratégico que prioriza la rentabilidad sobre la estabilidad del empleo. La venta de oficinas corporativas por $7.038 millones para “estabilizar” la estructura organizacional es la misma lógica: el capital se desprende de activos inmobiliarios para sostener su tasa de ganancia, mientras los trabajadores despedidos cargan con el costo social de la “eficiencia”. En Concepción, la histórica esquina de Abcdin en Barros Arana 817 se despidió con un remate de productos electrónicos; 16 trabajadores quedaron sin empleo porque su “modelo de contratación no era compatible” con el de la sucursal de La Polar a la que se mudaron las operaciones. La incompatibilidad no era técnica: era la imposibilidad de que dos plantillas de trabajadores sobrevivieran a la misma función dentro del nuevo capital unificado.

Marx describió este proceso con precisión quirúrgica en El Capital: la concentración del capital no es un fenómeno accidental, sino una ley inmanente de la acumulación. Cuanto más se concentra el capital, más se socializa el trabajo —pero bajo relaciones de propiedad privada que expropian a los productores directos de su producto y de sus medios de subsistencia. La fusión ABC–La Polar es la prueba local de esa ley: dos cadenas de retail que sumaban 4.905 empleados en 2023 vieron reducida su plantilla a 4.574 solo en los primeros meses de integración, con cierres de tiendas en la capital y regiones. Tres locales de La Polar y seis de Abcdin cerraron entre enero y junio de 2024, y los despidos —52 en la tienda de Ahumada, 23 en abril, 35 en semanas posteriores— recayeron desproporcionadamente sobre los trabajadores de La Polar. La fusión no “salvó” empleos: los redistribuyó hacia el desempleo y la precariedad.

Los sindicatos de ABC lo saben. En marzo de 2026, trabajadores de la multitienda se movilizaron en distintas ciudades con jornadas de “brazos caídos” y manifestaciones. Desde los sindicatos aclararon que las movilizaciones “no responden a la fusión con La Polar, sino a demandas históricas como mejoras salariales, igualdad de bonos y beneficios laborales”. Es una precisión reveladora: la fusión no creó las condiciones de explotación, pero las profundizó y las hizo más visibles. Las demandas de los trabajadores no apuntan a revertir la fusión —saben que el capital ya tomó esa decisión— sino a arrancar una fracción del excedente que producen. Es la lucha de clases en su forma más elemental: quién se queda con el producto del trabajo social.

El caso de ABC arrastra además una herencia que las narrativas corporativas prefieren enterrar: el fraude de La Polar. Entre 2009 y 2011, la empresa repactó unilateralmente las deudas de cientos de miles de clientes, inflando sus resultados y desplomando sus acciones un 42,12% en un solo día. Quince años después, la Corte Suprema confirmó que exejecutivos de La Polar deberán indemnizar a AFP Provida por pérdidas superiores a los 2,5 millones de UF. La fusión con Abcdin no solo “termina 70 años” de historia de La Polar: sepulta el nombre bajo una marca neutra —“abc”— que borra el estigma del fraude y presenta el capital reorganizado como una empresa nueva, sin pasado y sin responsabilidad histórica. Es la amnesia selectiva del capital: los trabajadores y los clientes estafados cargan con las consecuencias; los accionistas y ejecutivos que perpetraron el fraude negocian su salida con indemnizaciones y nuevas posiciones en el mercado.

La fusión fue aprobada por la FNE “sin condiciones” a pesar de que el propio informe del organismo reconoció que en nueve mercados la operación concentraría la oferta y que la entidad fusionada tendría “la habilidad e incentivos para subir sus precios y reducir la calidad de ciertas variables competitivas”. La FNE descartó esos riesgos argumentando que la competencia de Falabella, Ripley, Cencosud-Scotiabank y Walmart-BCI “ejercería presión competitiva”. Es el argumento de siempre: el mercado se autorregula, la concentración no es problema si hay otros grandes capitales que compiten. Pero lo que la FNE no dice es que esa competencia entre grandes capitales se libra, en última instancia, sobre la base de la explotación de la misma clase trabajadora. Que ABC compita con Falabella no beneficia a los trabajadores despedidos ni a los clientes endeudados: beneficia a los accionistas de ambas cadenas, que ven en la competencia un estímulo para intensificar la explotación.

El resultado de la fusión, hasta ahora, es una empresa que vende oficinas, abre 15 tiendas en localidades alejadas —Cabrero, La Unión, La Ligua, Lebu, Purén— y reduce su dotación mientras busca “estabilizarse” hacia fines de 2026. Las nuevas tiendas son “pequeñas, casi todas de un solo piso, vistosas desde la calle” —el modelo de bajo costo que maximiza la rotación de mercancías con el mínimo de personal. Es la geografía del capital en crisis: se retira de los centros urbanos donde la renta del suelo es alta y se instala en la periferia donde puede pagar salarios más bajos y operar con plantillas reducidas. La clase trabajadora de esas localidades recibe “empleo” en condiciones que reproducen su precariedad, mientras el capital “estabiliza” sus márgenes.

No hay aquí una historia de “salvación” empresarial. Hay una operación de clase: el capital fusionado reorganiza la deuda, vende activos, despide trabajadores y se reposiciona en el mercado. Los acreedores de AD Retail salieron del proceso de reorganización judicial “tras cumplir las condiciones acordadas”. Los accionistas —las familias Vial y Santa Cruz, el Consorcio— reacomodaron sus posiciones en la nueva sociedad. Los ejecutivos rotaron: Santiago Mangiante asumió como gerente general, Carlos Rojas como CFO, y Gonzalo Ceballos —quien lideró la integración— salió “tras cumplir un ciclo intenso”. Todos ellos tienen su lugar en la nueva estructura. Los 711 trabajadores despedidos no.

La narrativa hegemónica dirá que la fusión era inevitable, que el retail chileno estaba en crisis, que sin la integración ambas cadenas habrían quebrado. Es la misma cantinela que se usó con la crisis de 2008 para rescatar a los bancos con dinero público: socializar las pérdidas, privatizar las ganancias. La fusión ABC–La Polar no evitó una quiebra: la trasladó a los trabajadores. La “sostenibilidad” que buscan los accionistas se sostiene sobre la insostenibilidad de la vida de quienes fueron expulsados. En términos marxistas, estamos ante una nueva forma de expropiación: no la del campesino despojado de su tierra en la acumulación originaria, sino la del trabajador despojado de su empleo en la acumulación contemporánea. El capital no crea empleo para satisfacer necesidades sociales: crea empleo para extraer plusvalor, y cuando ese plusvalor no basta, destruye empleo para restaurar la rentabilidad.

La fusión ABC–La Polar no es, entonces, una noticia de “negocios”. Es una noticia de clase. Y las clases no se fusionan: se enfrentan.

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