El Informe de Política Monetaria (IPoM) de septiembre, publicado este miércoles, confirmó los peores presagios: la fuerza laboral chilena está entre las más expuestas al riesgo de automatización de toda la OCDE, y el capital ya está utilizando la tecnología para sustituir empleo, reducir dotaciones y presionar los salarios a la baja. Mientras el gobierno de José Antonio Kast celebra su “megarreforma” y recorta el gasto social, el Banco Central advierte que el desempleo estructural subió entre 1 y 2 puntos en la última década, golpeando con especial crudeza a los jóvenes y a los sectores de la agricultura, el transporte, la manufactura y el comercio. La clase trabajadora no enfrenta una “transición tecnológica” neutral: enfrenta una ofensiva del capital que utiliza la automatización como nueva arma de disciplinamiento y explotación.
Por Equipo El Despertar
Santiago de Chile. La advertencia del Banco Central no es un pronóstico lejano. Es una sentencia en curso de ejecución. El IPoM de septiembre, dado a conocer este miércoles, dedica un recuadro especial al mercado laboral, y sus conclusiones son un golpe directo a la ilusión del “pleno empleo” que promete el gobierno de José Antonio Kast. “La incorporación de nuevas tecnologías está provocando un menor dinamismo en la contratación de trabajadores, ya sea por un menor ritmo de creación de empleo ante aumentos en la producción o, en algunos casos, por la sustitución de tecnología por empleo”, sentencia el instituto emisor.
La afirmación no es una especulación académica. Es la constatación de un proceso que ya está en marcha y que está transformando la estructura de clases del país. “Estos procesos podrían tener un efecto relevante en la fuerza laboral chilena por su mayor exposición a la automatización respecto de otros países de la OCDE”, añade el documento, citando un estudio interno elaborado por el economista Elías Albagli y otros investigadores del Banco Central.
La geografía del despojo: quiénes serán sacrificados
El estudio citado por el IPoM —Albagli et al. (2026a)— analizó las transiciones laborales de los trabajadores entre 2022 y 2025, diferenciándolos según el grado de exposición de sus empleos a la automatización y su edad. El hallazgo es brutal: quienes en 2022 se encontraban en ocupaciones de alta exposición a la automatización tuvieron una menor probabilidad de seguir ocupados en el sector formal tres años después, en comparación con los trabajadores en empleos menos expuestos. Y el golpe es aún más fuerte para los más jóvenes: en los trabajadores menores de 30 años, esa caída en la probabilidad de mantenerse empleados es significativamente mayor.
Los datos sectoriales que maneja el Banco Central revelan quiénes serán los primeros en ser arrojados a la calle. Agricultura: 80% de exposición. Transporte: 71%. Manufactura y comercio: 70% . Es decir, los sectores que concentran la mayor cantidad de trabajadores de base, los que sostienen la economía con su esfuerzo físico y su jornada extenuante, son precisamente los más vulnerables al reemplazo tecnológico.
Por tamaño de empresa, la exposición es relativamente homogénea, pero algo menor en las firmas grandes (57%) que en las micro y pequeñas empresas (alrededor del 65%). Por edad, el patrón es en forma de “U”: los jóvenes (67%) y los mayores de 50 años (65%) están más expuestos que el grupo intermedio (57%). Por nivel educativo, la exposición cae de 65% en educación escolar a 38% en educación superior. La conclusión es evidente: la automatización no es un fenómeno neutral; es un mecanismo de selección de clase que castiga a los trabajadores menos calificados, a los más jóvenes y a los más viejos, a los que no pudieron pagar una universidad.
La coartada de los “costos laborales” y la función de clase del Banco Central
El IPoM no se limita a describir la automatización. La enmarca en un discurso que culpa a los propios trabajadores de su desgracia. El informe señala que “entre las razones del débil desempeño de la economía” y del desempleo “se sostiene en el ‘importante incremento de los costos laborales durante los últimos años’, además de antecedentes que ‘apuntan al rol del proceso de automatización, mediado por la alta exposición de ciertas ocupaciones a estos cambios y una reducción en el costo relativo de la tecnología respecto del trabajo’”.
La lógica es la del capital: si el trabajo es caro, la tecnología se vuelve relativamente más barata, y el capital sustituye trabajadores por máquinas. El Banco Central no cuestiona esta lógica; la presenta como un hecho natural, como si la reducción del costo relativo de la tecnología fuera un fenómeno externo a la lucha de clases. Pero no lo es. La reducción del “costo relativo del trabajo” es precisamente el objetivo de la ofensiva patronal que el gobierno de Kast ha profundizado con su “megarreforma” y su flexibilización laboral. Si los salarios son bajos, la automatización es menos rentable; si los salarios suben, el capital tiene un incentivo mayor para invertir en tecnología que reemplace trabajadores. La automatización no es una fatalidad tecnológica; es una respuesta de clase a la presión de los trabajadores por mejores condiciones de vida.
El Banco Central, como institución del capital, cumple su función: diagnosticar el problema sin cuestionar sus causas estructurales. Reconoce que “el mercado laboral chileno no ha logrado recuperarse por completo tras la pandemia” y que, comparado con mediados de 2019, la tasa de ocupación es 2,1 puntos menor y la tasa de desempleo es 2 puntos mayor. Pero no dice que la automatización, lejos de ser una “transición” inevitable, es un proceso que el capital utiliza para intensificar la explotación y reducir la capacidad de negociación de los trabajadores.
El desempleo estructural: la nueva normalidad del capitalismo chileno
El IPoM confirma lo que la clase trabajadora ya sabe: el desempleo ya no es un fenómeno cíclico que se resuelve con el crecimiento. Es un fenómeno estructural. El Banco Central estima que la tasa natural de desempleo subió entre 1,0 y 2,0 puntos en la última década, y que todavía existe una holgura cíclica de 0,5 a 1,0 punto sobre esa nueva referencia. Es decir, incluso cuando la economía crezca, el desempleo se mantendrá en niveles históricamente altos. La automatización no solo destruye empleos; destruye la posibilidad de que los empleos destruidos sean reemplazados por otros.
El informe proyecta un crecimiento del PIB de apenas 0,25%-0,75% para 2026, una cifra que ni siquiera alcanza para absorber a los nuevos entrantes al mercado laboral. La “megarreforma” del gobierno, según el propio Banco Central, solo proveería “un mayor impulso a la actividad” a partir de 2027, y “principalmente a través de la inversión”. Es decir, el capital se beneficiará de la reforma, pero los trabajadores tendrán que esperar. Y mientras esperan, la automatización seguirá avanzando.
La ofensiva del capital: la tecnología como arma de disciplinamiento
Desde una perspectiva marxista, la automatización no es un problema técnico. Es la expresión más avanzada de la contradicción fundamental del capitalismo: el capital, para aumentar su tasa de ganancia, sustituye trabajo vivo por trabajo muerto (maquinaria), pero al hacerlo, reduce la masa de trabajadores que pueden consumir las mercancías que produce. El resultado es una crisis de sobreproducción y desempleo masivo, que el capital resuelve, como siempre, descargando el costo sobre la clase trabajadora.
El gobierno de Kast no tiene un plan para enfrentar esta crisis. Su “megarreforma” incluye una rebaja del impuesto corporativo, la flexibilización laboral y la desregulación ambiental, pero ninguna medida para garantizar empleo, formación o reconversión de los trabajadores desplazados. El Banco Central, por su parte, se limita a recomendar “seguir trabajando en saber de qué manera la tecnología, la automatización, la inteligencia artificial” afectan el empleo. Es decir: diagnosticar el problema, pero no resolverlo.
La clase trabajadora chilena no debe esperar que el Banco Central o el gobierno de los patrones resuelvan esta crisis. La automatización no se detendrá, pero su impacto puede ser gestionado de manera radicalmente distinta si los trabajadores tienen poder sobre la tecnología y sobre las decisiones de inversión. La socialización de la tecnología, la planificación democrática de la economía y la garantía de empleo digno para todos son las únicas respuestas posibles. Mientras el capital siga controlando las máquinas, las máquinas seguirán controlando el destino de los trabajadores.
