En un hecho sin precedentes en el Festival de Cine de Venecia, el documental israelí “Naza” —dirigido por Yuval Abraham y Rachel Szor, ganadores del Óscar por No Other Land— recibió una ovación de 25 minutos, la más larga en la historia del certamen, tras develar los testimonios anónimos de 24 miembros del ejército y los servicios de inteligencia de Israel que describen la maquinaria de exterminio utilizada en Gaza. La cinta muestra cómo un sistema de inteligencia artificial, bautizado con el eufemismo de “Naza” (acrónimo hebreo para “víctimas colaterales”), automatizó la selección de objetivos humanos y convirtió el asesinato masivo en un procedimiento administrativo. Mientras Israel rechaza “categóricamente” las acusaciones y califica los testimonios de “no verificables”, la clase trabajadora del mundo asiste a la confirmación más brutal de que, bajo el capitalismo, la tecnología no es neutral: en manos del colonialismo sionista, se ha convertido en una cadena de montaje de muerte.
Por Equipo El Despertar
Venecia, Italia. La Mostra de Venecia, escaparate habitual de la industria cinematográfica global, se convirtió este jueves en el escenario de una de las denuncias más contundentes contra la maquinaria de guerra israelí. El documental “Naza”, dirigido por los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, fue proyectado en el marco de la competición por el León de Oro y desató una reacción que los propios organizadores del festival calificaron de histórica: el público permaneció de pie aplaudiendo durante 25 minutos, superando la marca de 22 minutos que había establecido el año anterior “La voz de Hind Rajab”.
La película, que se rodó durante casi tres años en las azoteas de Tel Aviv, entre la penumbra y con las voces e identidades de los entrevistados distorsionadas para protegerlos de represalias, no es un alegato sentimental. Es una disección técnica, fría y despiadada de cómo el Estado de Israel convirtió la inteligencia artificial en una herramienta de exterminio sistemático. Los 24 testimonios recabados —todos de miembros o exmiembros del ejército y de los servicios de inteligencia israelíes— describen sin ambages el funcionamiento de un sistema que, como confiesa uno de los entrevistados, hacía que “te sientas un poco como Dios” y que, en la práctica, operaba “como un videojuego porque todo se hace a distancia”.
La “fábrica matemática de matar”: cómo la IA se convirtió en verdugo
El título del documental no es una metáfora poética. “Naza” es el acrónimo militar hebreo que los servicios de inteligencia israelíes utilizan como eufemismo para referirse al número de civiles que se prevé que morirán en un ataque aéreo. En la cinta, los testimonios admiten que esa cifra incluía abiertamente a mujeres y niños, y que la vigilancia masiva de la población gazatí —a través del control de la red de telecomunicaciones, los teléfonos móviles y los datos— estaba directamente relacionada con las matanzas masivas.
Uno de los testimonios más escalofriantes revela que, por cada objetivo humano que se quería eliminar, múltiples víctimas colaterales —hasta cientos— morían en el mismo ataque. Otro de los entrevistados admite sin pudor que “demolían edificios enteros sin problemas”. Y un tercero confiesa: “Muchos decíamos que tras el 7 de octubre no había inocentes en Gaza”.
La directora Rachel Szor lo explicó con una crudeza que estremece: “En la película mostramos cómo pueden usar un programa espía para abrir los teléfonos de las personas en el edificio y escuchar realmente lo que está sucediendo: los últimos momentos de los niños, las mujeres, los hombres que van a ser bombardeados”. La tecnología, en manos del colonialismo, no solo facilita la muerte: la convierte en un espectáculo de vigilancia y control.
La negación del verdugo: Israel rechaza “categóricamente” las acusaciones
La reacción del ejército israelí no se hizo esperar. A través de un comunicado, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) rechazaron “categóricamente” las acusaciones hechas en el documental. El ejército criticó el uso de testimonios anónimos y afirmó que las identidades de los denunciantes “no pueden ser verificadas”. Además, sostuvo que “los extractos citados incluyen afirmaciones sobre la estrategia nacional y militar que claramente escapan al conocimiento de soldados de rango inferior”.
La negación de Israel es un reflejo de la lógica del colonizador: cuando la evidencia es abrumadora, se ataca la fuente. Cuando los testimonios son anónimos —porque quienes los emiten temen represalias—, se alega que no son verificables. Pero el documental no es un ejercicio de especulación. Es el resultado de una investigación clandestina de casi tres años, producida por el diario británico The Guardian y con la producción ejecutiva del cineasta Jonathan Glazer, director de La zona de interés. Los propios realizadores, que ya habían ganado un Óscar por No Other Land —un documental sobre la violencia de los colonos israelíes en Cisjordania—, defendieron la veracidad de los testimonios. “Es diferente escuchar a las personas que diseñaron y operaron esos sistemas hablando de ello delante de una cámara”, afirmó Szor.
La función de clase de la tecnología: del “como un videojuego” a la cadena de montaje de muerte
Desde una perspectiva marxista, “Naza” no es solo un documental sobre una guerra. Es una radiografía de cómo el capitalismo, en su fase imperialista más avanzada, utiliza la tecnología para perfeccionar la explotación y el exterminio. La inteligencia artificial, presentada por los apologistas del capital como una herramienta neutral que “revolucionará” la economía, se revela en Gaza como lo que realmente es bajo el dominio del capital: un instrumento de dominación y muerte.
El sistema descrito en el documental —que cataloga miles de edificios según el número de posibles objetivos, que filtra llamadas y movimientos de casi cualquier residente con un teléfono móvil, que aprueba ataques con un cálculo frío de “víctimas colaterales”— es la aplicación militar de la misma lógica que el capital utiliza en la producción: la máxima eficiencia en la extracción, la mínima consideración por la vida humana. Los trabajadores de la inteligencia artificial que construyen y operan estos sistemas son, en palabras de uno de los entrevistados, como jugadores de un videojuego. Pero las consecuencias de sus “partidas” no son pixeles: son niños, mujeres y hombres palestinos asesinados en sus casas.
La ovación de 25 minutos en Venecia no es solo un reconocimiento artístico. Es un grito de horror y de denuncia. Los asistentes al festival, al igual que la clase trabajadora del mundo, han comprendido que lo que se documenta en “Naza” no es un “error” ni un “exceso” de una guerra, sino la esencia misma del proyecto colonial sionista: la aniquilación de un pueblo mediante la tecnología más avanzada que el capital puede financiar.
Epílogo: la verdad que el imperio no puede silenciar
Mientras Israel niega las acusaciones y el imperio intenta contener el escándalo, los directores de “Naza” han dejado claro que su objetivo no es solo documentar el pasado, sino denunciar el presente. “El asesinato de civiles en Gaza continúa. Tan solo esta semana, durante este festival, una niña de 7 años fue asesinada con su padre en su coche. Israel bombardeó una escuela en Gaza. Lo que mostramos es algo que sigue ocurriendo y, por eso, sentimos la necesidad de hacerlo”, declaró Abraham.
La ovación de Venecia es un recordatorio de que la verdad, cuando se expone con crudeza, es revolucionaria. El documental “Naza” no solo documenta el genocidio; lo nombra, lo explica y lo atribuye a sus responsables. Y al hacerlo, desnuda la complicidad de un sistema global que financia, arma y protege la maquinaria de exterminio israelí. La clase trabajadora no debe dejarse engañar por la retórica de la “seguridad” ni por la negación de los verdugos. La solidaridad con el pueblo palestino es la solidaridad con todos los oprimidos del mundo. Y la lucha contra el sionismo es la lucha contra el imperialismo.
