Tras la partida en París del monumental documentalista chileno a los 85 años, la superestructura cultural de la burguesía intenta reducir su obra a una «melancólica estética del duelo», invisibilizando que su cine fue el registro material del poder popular y de la lucha de clases en Nuestra América.
Por Equipo El Despertar
El fallecimiento en París del cineasta y documentalista chileno Patricio Guzmán ha desencadenado una previsible operación de contención ideológica por parte de los medios hegemónicos del capital. Al confirmarse su muerte, las agencias de noticias y el establishment cultural se apresuraron a etiquetar su vasta trayectoria como una simple «búsqueda poética del pasado» o un ejercicio de «memoria testimonial». Esta narrativa liberal busca despojar a su cine de su carga dialéctica fundamental, transformando el testimonio audiovisual de la revolución en un objeto de consumo cultural neutralizado para las élites.
Sin embargo, desde una lectura dialéctica y materialista, la trascendencia de Patricio Guzmán no radica en la contemplación pasiva de la historia, sino en su capacidad para registrar las contradicciones vivas de la estructura social. Su obra cumbre, La batalla de Chile, no fue el producto de una mirada individual y desligada de la realidad, sino la trinchera cinematográfica que capturó el auge del proyecto emancipador de la Unidad Popular, el asedio del imperialismo estadounidense y la brutalidad contrarrevolucionaria del golpe de Estado de 1973. Filmar la huelga, el cordón industrial, el sabotaje patronal y la asamblea popular fue, en sí mismo, un acto de militancia y desalienación de las masas.
La superestructura mediática intenta asimilar obras posteriores como Nostalgia de la luz o El botón de nácar dentro del terreno de la “metafísica” o el “lirismo audiovisual”, ocultando la profunda denuncia al modelo de acumulación capitalista y al despojo colonial. En el cine de Guzmán, la geografía, el cosmos y el territorio no son paisajes inertes; son los contenedores de la violencia de clase y del terrorismo de Estado donde yacen los cuerpos de los ejecutados políticos y los despojos de los pueblos originarios exterminados por la expansión del capital. Como advertía el teórico y cineasta militante de la liberación nacional Fernando Solanas al conceptualizar el rol del intelectual en el Tercer Mundo: «El cine de testimonio y combate no busca ilustrar la realidad para el consumo de las metrópolis, sino convertirse en un detonante de la conciencia de los pueblos sometidos».
Frente al intento de la burguesía por clausurar su legado en los márgenes de una necrología institucional o un monumento de museo, la memoria que nos legó Patricio Guzmán permanece como una herramienta viva para las luchas del presente. Su cámara captó que la lucha de clases se libra también en la batalla por el relato y la soberanía de las imágenes. Rendir verdadero homenaje al documentalista exige rescatar su obra de las garras de la despolitización liberal y reafirmar que, mientras persista la opresión y el despojo del modelo neoliberal, la lente de los pueblos continuará encendida para registrar la inevitable transformación revolucionaria de la historia.
