Sáb. Sep 26th, 2026

Editorial / La voz de los desposeídos en el templo de la diplomacia burguesa: a seis décadas de la denuncia de Fidel Castro al imperialismo en la ONU

Sep 26, 2026

El histórico discurso pronunciado por el líder revolucionario cubano en septiembre de 1960 desnudó la naturaleza del sistema-mundo capitalista, transformando la tribuna de las Naciones Unidas en una trinchera ideológica desde la cual se acusó a la potencia hegemónica de instrumentalizar la guerra y la explotación neocolonial.

Por Equipo El Despertar

El 26 de septiembre de 1960, la diplomacia internacional presenció la irrupción de una oratoria contundente que fracturó el protocolo habitual de la Asamblea General de las Naciones Unidas. A lo largo de cuatro horas y media —el discurso individual más extenso registrado en los anales del organismo—, Fidel Castro Ruz no solo expuso las agresiones de Estados Unidos contra la naciente Revolución Cubana, sino que articuló una crítica estructural al modo de producción capitalista y a su fase imperialista. Frente al relato hegemónico occidental que pretendía reducir la tensión a una mera fricción de la Guerra Fría, la intervención cubana situó el conflicto en su auténtico terreno material: la lucha incesante de los pueblos periféricos por liberarse del yugo del capital monopolista y recuperar la soberanía sobre sus recursos naturales.

Lejos de tratarse de una desmesura retórica, la extensión del alegato obedeció a la necesidad política de desmantelar, punto por punto, las falacias de la dominación neocolonial. En su alocución, Castro conectó la expoliación sufrida por el proletariado y el campesinado cubano a manos de las corporaciones estadounidenses —como la United Fruit Company— con la dominación global ejercida sobre las naciones de América Latina, África y Asia. Al denunciar las maniobras de intervención y el bloqueo incipiente contra la isla, la delegación cubana puso en evidencia el rol de los organismos financieros y multilaterales como engranajes concebidos para garantizar el flujo de plusvalor hacia el centro imperial. La frase medular resonó como una condena histórica a las bases de la economía política dominante: «Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra».

Esta formulación sintetizó con precisión una premisa fundamental del materialismo histórico: los conflictos bélicos internacionales no son el resultado de desorientaciones morales o “intolerancias ideológicas”, sino la consecuencia inevitable de la competencia entre monopolios y estados imperialistas por la apropiación de mercados, materias primas y fuerza de trabajo barata. Como señalaba Vladimir Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo, «mientras subsista la propiedad privada de los medios de producción, las guerras imperialistas son absolutamente inevitables». Al situar el problema del armamento y el militarismo en el apetito de ganancia de la industria bélica, el discurso desnudó el carácter ilusorio de la “paz” pregonada por las potencias centrales, la cual solo encubre la violencia permanente de la acumulación por desposesión.

A más de seis décadas de aquella histórica jornada, la vigencia del análisis expuesto en la tribuna neoyorquina contrasta con las narrativas oficiales que buscan reducir la memoria del evento a un simple dato de color sobre su duración. Para la clase trabajadora internacional y los pueblos agredidos por el régimen de sanciones unilaterales y el expansionismo militar moderno, el alegato de 1960 permanece como un testimonio irreductible: la demostración de que la verdadera diplomacia de los desposeídos no consiste en conciliar con los opresores, sino en denunciar implacablemente las contradicciones del imperialismo hasta la emancipación definitiva.

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