En octubre de 1934, miles de trabajadores asturianos —con los mineros como fuerza fundamental— protagonizaron el levantamiento obrero más importante de la Segunda República española. Socialistas, anarquistas y comunistas coincidieron excepcionalmente en una experiencia de unidad que durante cerca de dos semanas desafió al Estado. Su derrota dejó miles de muertos, heridos y detenidos y abrió una herida que acompañaría a España hasta la Guerra Civil. Noventa y dos años después, Asturias continúa planteando una pregunta fundamental para la historia de las izquierdas: qué puede lograr la unidad de la clase trabajadora y cuáles son sus límites cuando queda políticamente aislada.
Por Equipo El Despertar
Hay momentos históricos en que una región aparentemente periférica se convierte durante unos días en el centro de las contradicciones de toda una sociedad. Eso ocurrió en Asturias en octubre de 1934.
España atravesaba entonces una profunda polarización social y política. La República proclamada en 1931 había despertado enormes expectativas entre trabajadores, campesinos y sectores progresistas. Reforma agraria, educación pública, secularización del Estado, legislación laboral y democratización de instituciones históricamente conservadoras formaban parte de una transformación cuya profundidad y velocidad eran objeto de fuertes disputas.
Las elecciones de noviembre de 1933 modificaron ese escenario. Las derechas obtuvieron una importante representación parlamentaria y Alejandro Lerroux encabezó gobiernos sostenidos parlamentariamente por la Confederación Española de Derechas Autónomas, la CEDA. Cuando tres ministros de la CEDA ingresaron al gobierno el 4 de octubre de 1934, importantes sectores socialistas interpretaron el acontecimiento como una amenaza de involución autoritaria, en un contexto europeo marcado por el ascenso de Hitler en Alemania y la consolidación de Mussolini en Italia.
La interpretación de que España estaba encaminándose necesariamente hacia el fascismo fue discutida entonces y continúa siendo objeto de debate historiográfico. Pero para comprender octubre de 1934 importa entender que numerosos militantes obreros creían que esa amenaza era real e inmediata.
Y actuaron en consecuencia. La huelga general revolucionaria comenzó en la noche del 5 al 6 de octubre. Fracasó rápidamente en buena parte de España. Pero Asturias fue diferente.
Los mineros entran en la historia
La explicación de esa diferencia se encontraba, en gran medida, en años de organización obrera. Asturias poseía una poderosa concentración minera e industrial. Las minas habían producido algo más que carbón: habían generado comunidades donde trabajo, vivienda, sindicato, solidaridad y conflicto social estaban profundamente entrelazados.
El minero no era simplemente un individuo que vendía su fuerza de trabajo. Formaba parte de comunidades obreras donde la experiencia cotidiana permitía desarrollar fuertes identidades colectivas.
Aquí una lectura marxista resulta particularmente fértil. Marx había comprendido que la existencia objetiva de trabajadores sometidos a relaciones semejantes de producción no produce automáticamente conciencia política común. La organización, el conflicto y la experiencia compartida son fundamentales para transformar una posición social en acción colectiva.
Asturias había acumulado esas experiencias. Pero ocurrió además algo extraordinariamente difícil dentro de la historia de las izquierdas: organizaciones que llevaban años enfrentándose consiguieron actuar conjuntamente.
Socialistas de la UGT y anarquistas de la CNT construyeron en Asturias una alianza obrera; los comunistas terminaron incorporándose también al movimiento. Las diferencias ideológicas no desaparecieron. Existían discrepancias profundas sobre el Estado, la revolución, los sindicatos, el partido y el futuro de una eventual transformación socialista.
Sin embargo, durante aquellos días prevaleció parcialmente una idea de acción común. De aquella experiencia surgió una consigna que sobreviviría a la derrota: “UHP” —Uníos Hermanos Proletarios—. Más que una curiosidad histórica, esas tres letras condensaron el sentido político que posteriormente diferentes tradiciones obreras atribuyeron a Asturias.
Durante unos días, el poder cambió de manos
Los mineros ocuparon rápidamente buena parte de las cuencas y avanzaron hacia Oviedo. Cuarteles y puestos de la Guardia Civil fueron atacados, se ocuparon edificios públicos y en distintos territorios aparecieron comités revolucionarios.
El levantamiento consiguió controlar una parte considerable de Asturias durante cerca de dos semanas.
Aquello produjo una situación excepcional: en algunas localidades, las instituciones estatales dejaron temporalmente de ejercer el control efectivo y fueron sustituidas por organismos revolucionarios.
Desde una perspectiva marxista, éste es probablemente uno de los aspectos más interesantes de la experiencia.
Una revolución no comienza únicamente cuando las personas protestan contra quienes gobiernan. Aparece una situación cualitativamente diferente cuando se plantea la pregunta acerca de quién ejerce realmente el poder.
¿Quién distribuye alimentos? ¿Quién organiza el transporte? ¿Quién mantiene el orden? ¿Quién administra los recursos? ¿Quién toma decisiones colectivas? Asturias llegó durante algunos días a formular materialmente esas preguntas. Pero no tuvo tiempo suficiente para responderlas de manera estable.
Tampoco debe construirse una historia romántica
Recuperar la memoria obrera exige también reconocer sus contradicciones. Durante la insurrección hubo violencia revolucionaria. Fueron asesinados miembros de las fuerzas de seguridad, empresarios, civiles y religiosos; edificios religiosos fueron incendiados y se produjeron destrucciones importantes.
Esos hechos forman parte de la historia y no deberían ocultarse para proteger ninguna interpretación política. Una lectura marxista rigurosa no necesita convertir a los protagonistas históricos en figuras moralmente perfectas. Necesita comprender por qué actuaron, cuáles eran las relaciones sociales dentro de las cuales actuaron y qué consecuencias tuvieron sus decisiones.
La memoria deja de ser historia cuando elimina todo aquello que incomoda a quien recuerda.
El aislamiento de Asturias
Aquí aparece probablemente la contradicción fundamental de octubre de 1934.
Mientras la insurrección asturiana conseguía desarrollarse, la huelga revolucionaria fracasaba en buena parte del resto de España. En Cataluña, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, proclamó el “Estado Catalán de la República Federal Española”, pero el movimiento fue rápidamente derrotado. Asturias quedó progresivamente aislada. Desde una lectura estratégica, aquello era decisivo.
Una región obrera podía conquistar temporalmente territorios y construir organismos revolucionarios, pero difícilmente podía sostener indefinidamente una confrontación con el conjunto del aparato estatal si el resto del país no experimentaba un proceso semejante. La correlación de fuerzas comenzó entonces a volverse contra los insurrectos.
La respuesta del Estado
El gobierno republicano movilizó importantes fuerzas militares para recuperar Asturias. Entre quienes participaron en la dirección de las operaciones estuvieron los generales Francisco Franco y Manuel Goded, mientras tropas procedentes del Ejército de África fueron trasladadas a la península.
Después de intensos combates, la insurrección fue derrotada hacia mediados de octubre.
Las cifras exactas varían según las investigaciones y las categorías utilizadas, pero el balance fue devastador: más de un millar de muertos, miles de heridos y decenas de miles de detenidos, además de denuncias documentadas de torturas y abusos durante la represión posterior.
Asturias había sido derrotada militarmente.
Pero políticamente España no volvió simplemente al día anterior al levantamiento.
Octubre de 1934 no explica por sí solo julio de 1936
Aquí conviene evitar una simplificación muy extendida.
La Guerra Civil española comenzó después del golpe militar de julio de 1936 contra el gobierno del Frente Popular. Octubre de 1934 forma parte de los antecedentes de la creciente polarización de la Segunda República, pero no convierte automáticamente la Guerra Civil en una consecuencia inevitable ni justifica retrospectivamente la sublevación militar de 1936.
Entre ambos acontecimientos existieron elecciones, cambios de gobierno, movilizaciones, amnistías, conflictos sociales y decisiones políticas que pudieron haber tenido otros desenlaces.
La historia nunca debería escribirse como si quienes vivieron en ella conocieran de antemano su final.
Pero Asturias sí dejó heridas profundas.
Para sectores de derecha, octubre se convirtió en demostración del carácter revolucionario de una parte de la izquierda. Para amplios sectores obreros, la represión se transformó en prueba de los límites sociales de la República y alimentó las demandas de amnistía que adquirirían enorme importancia durante las elecciones de febrero de 1936.
Dos memorias enfrentadas comenzaron a construirse alrededor del mismo acontecimiento.
La gran lección de la unidad
Desde la historia del movimiento obrero, probablemente el legado más persistente de Asturias se encuentre en aquellas tres letras:
UHP. Uníos Hermanos Proletarios. Socialistas, comunistas y anarquistas habían pasado años discutiendo acerca del camino correcto hacia la emancipación. Continuarían haciéndolo después.
Pero durante octubre descubrieron también algo diferente: frente a determinadas circunstancias, la fragmentación podía convertirse en debilidad material. Esto no significa que la unidad fuera suficiente. Asturias demuestra precisamente lo contrario. La unidad local permitió una extraordinaria capacidad de movilización, pero el aislamiento nacional contribuyó decisivamente a la derrota.
Es una lección dialéctica: unidad sin estrategia no garantiza victoria; estrategia sin capacidad de unidad difícilmente construye una fuerza social suficiente para transformar la realidad.
Asturias y la memoria obrera
Noventa y dos años después, sería absurdo buscar en los mineros asturianos una receta política para nuestro tiempo. Vivían en otro capitalismo, bajo otro Estado, dentro de otra estructura de clases y en una Europa que avanzaba hacia una catástrofe histórica que terminaría desembocando en la Segunda Guerra Mundial.
Pero eso no significa que Asturias haya dejado de formular preguntas. ¿Qué convierte a individuos sometidos a condiciones laborales semejantes en una fuerza colectiva? ¿Cómo se construye unidad entre organizaciones que mantienen profundas diferencias ideológicas? ¿Qué ocurre cuando una movilización territorialmente poderosa queda aislada? ¿Cuál debe ser la relación entre transformación social, democracia y violencia política? ¿Puede una revolución sostenerse solamente mediante voluntad y heroísmo si la correlación material de fuerzas le es adversa? Estas preguntas pertenecen a Asturias, pero también atraviesan buena parte de la historia de las izquierdas.
Por eso recordar octubre de 1934 no debería consistir ni en santificar a sus protagonistas ni en demonizarlos. Significa intentar comprenderlos. Eran trabajadores concretos, insertos en relaciones sociales concretas, actuando dentro de una crisis histórica extraordinaria. Algunos creyeron que el fascismo avanzaba y que había llegado el momento de impedirlo mediante una revolución. Se levantaron, consiguieron durante algunos días controlar una parte significativa de Asturias y finalmente fueron derrotados.
Después llegaron la cárcel, la represión y una memoria que atravesaría generaciones. Pero quedaron aquellas tres letras escritas en paredes, banderas y relatos obreros:
UHP. Su significado histórico quizá sea más complejo que una consigna. Porque Asturias demostró simultáneamente la potencia y los límites de la unidad obrera. La potencia de trabajadores que, superando diferencias políticas profundas, descubrieron que podían actuar juntos.
Y el límite de comprobar que incluso una extraordinaria movilización social puede ser derrotada cuando permanece aislada frente a una correlación de fuerzas superior.
Esa tensión —entre organización y espontaneidad, unidad y diferencia, voluntad y condiciones materiales— es precisamente lo que convierte a Asturias en algo más que una efeméride.
La convierte en una de las grandes experiencias históricas sobre las posibilidades, contradicciones y límites de la acción colectiva de la clase trabajadora.
