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El nudo de la vergüenza: el imperio resucita el genocidio en vísperas de la tregua y condena al mundo a la agonía del estrecho

Jun 11, 2026

Una semana que será recordada por la furia del capitalismo en descomposición. Mientras Irán cerraba por completo el estratégico estrecho de Ormuz a toda navegación, hundiendo los precios del petróleo en la incertidumbre, Estados Unidos respondía con una nueva batería de ataques “por autodefensa” que han llevado el horror a ciudades como Teherán, Isfahán y la sitiada Beirut. La tregua de mayo, que tantas esperanzas había generado, explotó en pedazos tras el lanzamiento de más de 30 misiles iraníes contra objetivos israelíes, desencadenando una escalada que ya acumula al menos 3.468 muertos en suelo persa. La paz que prometía Trump en las mesas de Viena se esfumó antes de nacer, dejando al desnudo la verdadera esencia del conflicto: un imperio en declive que necesita la guerra para sobrevivir y una resistencia que ha aprendido a estrangular la economía global con la llave del Golfo. El costo de esta barbarie, una vez más, lo pagará la clase trabajadora mundial.


El ritual de la guerra: un tira y afloja sangriento

El fantasma de la “guerra total” volvió a recorrer Oriente Medio esta semana cuando la frágil calma que reinaba desde la mediación paquistaní de abril se quebró estrepitosamente. Durante los días 7 y 8 de junio, Irán lanzó una andanada de más de 30 misiles contra territorio israelí, en respuesta a una incursión aérea de Tel Aviv sobre la capital libanesa, Beirut, una línea roja que Teherán había fijado meses atrás. La respuesta de Israel y Estados Unidos no se hizo esperar. Los aviones de combate rasgaron el cielo nocturno de Teherán, Isfahán y otras ciudades, abriendo una herida que la diplomacia internacional creía haber cauterizado.

La cuenta de muertos es elocuente. Según cifras oficiales iraníes actualizadas hasta el 26 de abril, el saldo de la agresión había alcanzado las 3.468 víctimas mortales, de las cuales aproximadamente el 40% eran civiles inocentes, con más de 34.000 heridos reportados. A cien días del inicio de la guerra, los misiles estadounidenses han golpeado más de 10.000 objetivos militares iraníes. Washington, fiel a su estilo, justificó la escalada del miércoles 10 de junio como “acciones de autodefensa” tras el derribo de un helicóptero Apache estadounidense en las proximidades del estrecho de Ormuz. El portavoz del Pentágono declaró, con un cinismo que la prensa hegemónica se apresuró a reproducir, que “el ataque a los soldados estadounidenses ha puesto en peligro la seguridad regional”. Omite decir, por supuesto, que sin la presencia de la flota yanqui violando aguas soberanas, ningún soldado estaría en peligro.

El estrecho de la discordia: el arma de la desesperación

La jugada más arriesgada la ejecutó este jueves el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC). A través de un comunicado transmitido por sus canales oficiales, la institución anunció la “clausura total” del estrecho de Ormuz para “todos los buques, incluidos petroleros y navíos comerciales”. La declaración fue tajante y sin precedentes: “Cualquier intento de cruce será atacado”. Los analistas de la Organización Marítima Internacional (OMI) confirmaron horas antes que un petrolero con bandera de Palaos había sido incendiado frente a la costa de Omán, dejando al menos tres marineros desaparecidos, un incidente que ahora parece ser la chispa que encendió la mecha de la respuesta iraní.

Esta decisión no tiene precedentes desde los años 80. Irán ha pasado del “bloqueo de facto” al “cierre oficial”. En la práctica, esto significa que una de las rutas marítimas más cruciales del mundo, por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo consumido globalmente, ha quedado sellada. La reacción de los mercados fue inmediata. Las cotizaciones del crudo Brent y West Texas Intermediate (WTI) se dispararon un 15% en la apertura de las operaciones asiáticas, aunque la volatilidad extrema y la falta de liquidez por el temor al riesgo hicieron que los tenedores de futuros se retiraran, hundiendo luego el valor en una espiral de incertidumbre que refleja el caos sistémico del capitalismo financiero.

La farsa de los diálogos de Viena y el fin de la diplomacia burguesa

Mientras las bombas caían, los diplomáticos seguían hablando en el lujoso hotel Palais Coburg de Viena, intentando revivir el acuerdo nuclear. Durante la semana, los negociadores europeos y rusos aseguraron que un pacto estaba “a la vista”. Ayer mismo, el presidente Donald Trump afirmó desde Nueva York que el acuerdo era “inminente y muy bueno”. Un día después, las baterías de misiles antiaéreos volvían a rugir en el Golfo, demostrando la impotencia de la diplomacia burguesa para contener las contradicciones del imperialismo.

Los portavoces iraníes fueron claros: mientras Israel siga bombardeando el Líbano, las conversaciones no tendrán futuro. El jefe del equipo negociador iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, advirtió que cualquier avance militar israelí implicaría el fin inmediato del diálogo. Para la clase trabajadora, esta es una lección clara: cuando la maquinaria de guerra del capital decide su rumbo, las mesas de negociación no son más que el decorado de una obra de teatro donde los mismos actores representan el papel de verdugos y pacificadores según les conviene.


Epílogo: el grito de alerta ante la barbarie

La guerra contra Irán ha entrado en una fase de letal estancamiento. Estados Unidos no puede lograr una victoria rápida. Irán no puede forzar la retirada de las flotas imperialistas. Las sanciones no doblegan al pueblo y las bombas no lo aplastan. La única certeza es el dolor acumulado.

Frente a este panorama, la clase trabajadora global no tiene nada que ganar y todo que perder con esta escalada. El cierre del estrecho de Ormuz es una advertencia de los costos que pagarán los pueblos del mundo si no detienen las guerras de sus gobernantes. El petróleo caro, la inflación y la amenaza de un conflicto mayor no son “daños colaterales”, sino el plan calculado de una burguesía que se nutre del caos. La paz no se logrará en los despachos del Pentágono ni en las mesas de lujo de Viena. Se logrará en las calles, en las fábricas y en los puertos, cuando los trabajadores de ambos bandos comprendan que su enemigo común no está al otro lado del cañón, sino sentado en las sillas del poder dictando órdenes de disparar.

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