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La peste de la desigualdad: el hantavirus revela el abandono de las zonas rurales y la lógica de clase del Estado

Jul 28, 2026

El Ministerio de Salud declaró por primera vez una alerta sanitaria en 13 regiones del país por el virus hanta, una medida inédita que estará vigente hasta el 31 de julio de 2027. Hasta la semana pasada se registraban 46 contagios y 18 fallecidos, lo que representa una letalidad del 39%, más del doble de la registrada en 2025. Mientras la subsecretaria de Salud Pública asegura estar “muy preocupada y ocupada”, la clase trabajadora de las zonas rurales y semirurales, la más expuesta al virus, sigue siendo abandonada a su suerte por un Estado que prefiere la reacción tardía a la prevención sostenida.

Por Equipo El Despertar

El hantavirus, transmitido por el ratón de cola larga (Oligoryzomys longicaudatus), “produce una enfermedad que es endémica de Chile, trasmitida por el ratón de cola larga que vive en las zonas rurales y semirurales de casi todo el país”. La alerta sanitaria, de carácter preventivo y de preparación, “permitirá otorgar facultades extraordinarias ante emergencias de grave riesgo sanitario para reforzar la vigilancia, la gestión oportuna de recursos, la contratación de personal especializado, la acción de control sanitario y la adquisición expedita de insumos mediante trato directo”. El decreto también declara una “multiamenaza sanitaria”, al considerar que este riesgo se presenta simultáneamente con otras enfermedades como el dengue, zika, chikungunya, fiebre amarilla e influenza aviar.

Las cifras son elocuentes: en 2025 hubo 44 contagios y ocho fallecidos, una letalidad del 18%. En lo que va de 2026, la letalidad se ha más que duplicado, alcanzando el 39%. Los casos se han concentrado en las regiones de Valparaíso, Metropolitana, O’Higgins, Maule, Ñuble, Biobío, La Araucanía, Los Ríos, Los Lagos y Aysén.

La epidemiología de la desigualdad

La subsecretaria de Salud Pública, Alejandra Pizarro, llamó a “extremar precauciones: no tocar roedores, ventilar las casas antes de entrar si han estado cerradas, limpiar con agua y cloro los espacios sin uso y mantener basura tapada y alimentos resguardados”. Pero estas recomendaciones, aunque necesarias, no son más que un paliativo para un problema estructural. La expansión del hantavirus no es un fenómeno natural, sino un producto social. El avance de la agroindustria, la deforestación y la expansión de la frontera agrícola han modificado los ecosistemas, aumentando la interacción entre los seres humanos y el ratón colilargo.

Como escribió Friedrich Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra, “la vivienda de los obreros es, en la mayoría de los casos, el primer síntoma de su miseria”. Hoy, esa misma lógica se aplica a las zonas rurales y semirurales: la precariedad de la vivienda, la falta de acceso a agua potable y la deficiente infraestructura sanitaria son el caldo de cultivo perfecto para la propagación del virus. La clase trabajadora rural, que vive en condiciones de hacinamiento y sin acceso a servicios básicos, es la principal víctima de una enfermedad que el Estado podría prevenir con inversión social, pero que solo atiende cuando la letalidad se dispara.

La reacción tardía del Estado

La alerta sanitaria, aunque inédita, es una medida tardía y reactiva. La Organización Panamericana de la Salud mantiene una alerta epidemiológica por el alza de casos de hantavirus en el Cono Sur desde diciembre de 2025, y el Minsal tenía vigente una alerta epidemiológica desde noviembre de ese año. Sin embargo, el gobierno de José Antonio Kast esperó hasta que la letalidad alcanzara el 39% para declarar la alerta sanitaria, una medida que, aunque necesaria, no aborda las causas estructurales de la epidemia.

El Estado de Kast, que ha recortado el presupuesto de salud en más de $413 mil millones y ha desmantelado los programas de prevención, no tiene capacidad para enfrentar una crisis sanitaria de esta magnitud. La alerta sanitaria, que permite la “contratación de personal especializado” y la “adquisición expedita de insumos mediante trato directo”, es un reconocimiento tácito de que el sistema de salud pública está colapsado y que el gobierno no tiene los recursos para enfrentar la emergencia.

La función de clase de la enfermedad

Desde una perspectiva marxista, la epidemia de hantavirus no es un fenómeno natural, sino la expresión de la lógica de clase que gobierna el Estado chileno. La agroindustria, que ha expandido la frontera agrícola a costa de los ecosistemas naturales, es la principal responsable del aumento de la interacción entre los seres humanos y el ratón colilargo. Los grandes latifundios, que concentran la tierra y expulsan a los campesinos, crean las condiciones para la propagación del virus.

El gobierno de Kast, que ha llegado al poder para defender los intereses del capital, no tiene ningún interés en regular la agroindustria ni en invertir en la prevención de enfermedades endémicas. Su única respuesta es la reacción tardía y la gestión de la crisis. Como escribió Karl Marx en El Capital, “la maquinaria es el medio más poderoso para aumentar la jornada de trabajo”. Hoy, esa misma lógica se aplica a la salud pública: la maquinaria del capital, que destruye los ecosistemas y precariza la vida de los trabajadores rurales, también es la responsable de la propagación del hantavirus.

Epílogo: el costo de la vida

La alerta sanitaria por hantavirus es un recordatorio de que, en el Chile de los patrones, la vida de los trabajadores rurales no vale nada. Mientras el gobierno de Kast recorta el presupuesto de salud y flexibiliza los derechos laborales, los campesinos y los trabajadores rurales siguen expuestos a una enfermedad que el Estado podría prevenir con inversión social y regulación ambiental.

La clase trabajadora debe leer esta noticia con otros ojos: no se trata de una crisis sanitaria aislada, sino de un síntoma de la enfermedad crónica que aqueja al modelo de desarrollo chileno. La expansión de la agroindustria, la concentración de la tierra y el abandono del campo son las causas profundas de la epidemia de hantavirus. Mientras el Estado siga siendo un instrumento al servicio del capital, las enfermedades endémicas seguirán cobrando vidas en las zonas rurales y semirurales del país.

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