La Fiscalía Metropolitana Sur y la PDI perpetraron este martes el “golpe más grande” al Tren de Aragua en Chile, desarticulando una red que habría lavado cerca de 85 millones de dólares (78 mil millones de pesos). La “Operación Tokio” dejó 18 detenidos, entre ellos un ejecutivo bancario nacionalizado venezolano, José Carlos Pérez Asencio, quien trabajaba en una céntrica sucursal del Banco Santander en Santiago. Mientras la derecha chilena y las alarmas mediáticas suelen apuntar con el dedo a los gobiernos extranjeros por la supuesta “exportación” del crimen organizado, la investigación develó que la llave del negocio del lavado no operaba desde Caracas, sino desde las cuentas abiertas en el sistema financiero nacional. La hipocresía del “partido del orden” quedó al desnudo: resulta que el principal peligro no era la ideología bolivariana, sino la codicia de un “especialista de créditos” con acceso a las arcas del capital.
Por Equipo El Despertar
Santiago de Chile. Después de meses de investigación originada en un brutal quíntuple homicidio en una parcela de Lampa en julio de 2024, la Fiscalía Metropolitana Sur ejecutó esta madrugada una serie de allanamientos que culminaron con 19 órdenes de detención y 18 capturas. La denominada “Operación Tokio” fue presentada con bombo y platillo por el fiscal Héctor Barros, quien calificó el hallazgo como uno de los mayores casos de lavado de activos en la historia del país.
Pero el verdadero significado político del operativo no reside en las cifras, sino en el detalle más incómodo para el relato oficial. Entre los detenidos no había un cartel de narcotraficantes extranjeros ocultos en la selva, sino un impecable ejecutivo de corbata, sentado en una oficina de calle Agustinas con Miraflores, en pleno corazón financiero de Santiago. Se trata de José Carlos Pérez Asencio, ciudadano venezolano de 33 años, especialista de crédito que se desempeñaba desde 2019 en una sucursal del Banco Santander. Lejos de la caricatura del delincuente callejero que la derecha usa para estigmatizar la migración, Pérez era un experto en el manejo de cuentas y criptomonedas. Según la investigación, utilizó su conocimiento del entramado bancario para abrir cuentas en distintas entidades, incluyendo el Banco Falabella y el Scotiabank, y desde allí mover el dinero sucio hacia el exterior.
“No estamos hablando del banco, o que a través del banco hacía esto, sino que él tenía muchas cuentas abiertas en distintos bancos, y a partir de ahí empezaba a operar”, se apresuró a aclarar el fiscal Héctor Barros, en una frase que parece un intento desesperado por salvar la reputación de la banca tradicional mientras encarcela al empleado. Sin embargo, la distinción es tan sutil como falsa: el sistema funcionó porque había un operador interno que conocía todas las cerraduras.
La hipocresía del miedo y la verdad de las cuentas
La derecha chilena y algunos exministros del Interior construyeron gran parte de su capital político durante los últimos años sobre la base de una teoría conspirativa: que el Tren de Aragua era un brazo armado del gobierno de Nicolás Maduro, un supuesto plan geopolítico para desestabilizar el continente. Incluso el extitular de la cartera, Luis Cordero, llegó a señalar que la penetración de la banda había sido “acelerada” por las políticas de fronteras abiertas.
Pero la investigación de la Operación Tokio desnuda que, más allá de las banderas y los discursos xenófobos, el negocio sucio no dependía de un complot de Miraflores, sino de la existencia de agentes financieros dispuestos a prestar sus cuentas. El dinero, proveniente de extorsiones a locales nocturnos del Barrio Bellavista, trata de personas con fines de explotación sexual y secuestros, no circulaba en maletas por la selva, sino que se colaba por los resquicios dorados de la banca internacional. Para ser exactos, salía del país mediante sofisticados mecanismos de criptomonedas hacia una cárcel en Colombia, donde reposan los líderes de la organización criminal.
“Tolerancia cero” hasta que tocan el patrimonio del banco
El despliegue mediático de este martes tuvo un eco inmediato en el presidente José Antonio Kast, quien al día siguiente realizaba su Cuenta Pública. Sin embargo, el propio gobierno debe lidiar ahora con el maletín que le estalló en la cara: bajo el lema de “Chile es un país serio”, se evidenció que la institucionalidad financiera fue permeada por el crimen organizado durante años.
El Banco Santander, por su parte, se escudó en un comunicado de prensa donde afirmó tener “tolerancia cero frente a cualquier conducta que se aparte de la Ley” y prometió aplicar medidas si se prueban “responsabilidades individuales”. La declaración es un clásico de la hipocresía corporativa: mientras recogían las millonarias comisiones de las cuentas del ejecutivo, nadie preguntó de dónde provenía el flujo constante de millones de pesos. El banco extiende su propia versión del “no estamos hablando del banco”, un intento por lavar su imagen mientras un ex empleado se pudre en la cárcel.
Conclusión: el verdadero peligro no está en Caracas
La operación debería servir para derribar, de una vez por todas, la narrativa hegemónica sobre el origen del mal. La inseguridad no llega en barcos fantasmas enviados por ideologías enemigas; crece en las entidades financieras que prefieren mirar para otro lado mientras la plata fluye. Mientras la derecha utiliza el crimen para azuzar el odio al migrante, la clase trabajadora paga las consecuencias de una seguridad que nunca ataca las raíces del capital: la banca misma.
El Tren de Aragua es una banda criminal que encontró en Chile un terreno fértil no por la supuesta “complicidad” de un gobierno extranjero, sino por la existencia de un sistema bancario complaciente y la precariedad de una institucionalidad que se llena la boca de “tolerancia cero” mientras alguien, desde una oficina de calle Agustinas, facilita la fuga de 85 millones de dólares. Los esfuerzos por controlar las fronteras no servirán de nada mientras el cuello de botella del lavado se encuentre en las plazas financieras. La Operación Tokio destapó una verdad incómoda: el verdadero cómplice del Tren de Aragua no estaba en Miraflores, sino en Miraflores con Agustinas. ¡Qué ironía!
