A 138 días de la instalación del “gobierno de la emergencia” de José Antonio Kast, el aparato del Estado se desangra a un ritmo de una autoridad cada cuatro días. Más de 36 altos funcionarios —dos ministras, cinco subsecretarios y 30 seremis— han salido por la puerta de atrás, en una hemorragia que ya no puede ser explicada como un “proceso normal de instalación”. Las causas de esta debacle son una radiografía de la podredumbre del sistema: desde el consumo de drogas hasta la falta de los requisitos más básicos para ejercer el cargo, pasando por denuncias de acoso sexual y una improvisación que ha dejado 14 de las 16 regiones del país sin un representante estable del poder central. Como escribió Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. La pesadilla que hoy oprime a la derecha chilena no es otra cosa que el reflejo de su propia decadencia.
La máquina de la improvisación: cómo se construye la debacle
El desembarco del gobierno de Kast no ha sido el despliegue ordenado de un proyecto político, sino la sucesión de tropiezos que han dejado al descubierto la ausencia de un elenco preparado. El argumento inicial de La Moneda, que atribuía las primeras renuncias a la “normalidad” de cualquier instalación de gobierno, se ha desmoronado al constatar que la sangría se ha mantenido constante durante cinco meses, sin dar tregua.
El patrón de fallas que emerge de esta debacle es revelador:
- Nombramientos que no cumplían ni los requisitos legales: En regiones como Los Lagos, Antofagasta y Arica y Parinacota, se designaron seremis que no poseían los estudios superiores exigidos, con títulos de menos semestres de los requeridos o sin la experiencia profesional mínima acreditada. La derecha, que se llena la boca con la “exigencia” y el “mérito”, ha demostrado que para sus cuotas de poder, la incompetencia no es un impedimento.
- Nombramientos que un “chequeo elemental” habría evitado: Varios seremis fueron designados sin que nadie revisara sus antecedentes en redes sociales, como el fallido seremi de Educación del Biobío o el actor Renato Münster, quien fue designado y renunció en el Ministerio de las Culturas de la Región Metropolitana en un lapso de 24 horas.
- Casos con connotación penal: La debacle alcanza su punto más crítico con los casos de probidad y delitos sexuales, como el del exseremi de Salud de Magallanes, formalizado por delitos sexuales, o el exseremi del Trabajo de Tarapacá, que dejó el cargo con dos denuncias por acoso y maltrato laboral en curso.
Las renuncias de los “grandes”: el primer cambio de gabinete más rápido de la historia
El terremoto comenzó en el centro del poder. A solo 69 días de asumir, Kast realizó el cambio de gabinete más rápido desde el retorno a la democracia, removiendo a la ministra de Seguridad Pública, Trinidad Steinert, y a la vocera de gobierno, Mara Sedini. Steinert fue criticada por la ausencia de un plan de seguridad y por su rol en la polémica salida de la jefa de Inteligencia de la PDI. Sedini, por su parte, fue vapuleada por sus errores comunicacionales, incluyendo una publicación sobre un “Estado en quiebra” y afirmar que el exfrentista Galvarino Apablaza estaba “condenado”.
Esta primera purga fue solo el inicio. Le siguieron las salidas de los subsecretarios de Seguridad y Prevención del Delito, la renuncia del subsecretario de Ciencia por “profundas diferencias” con su ministra, y la crisis en la Subsecretaría de la Mujer.
El golpe de gracia llegó con la renuncia del subsecretario de Hacienda, Juan Pablo Rodríguez, el hombre fuerte del equipo económico, tras dar positivo en un test de drogas. La ironía es brutal: el gobierno que había hecho de los exámenes de drogas su bandera de “probidad” se veía sacudido por el consumo de sustancias ilícitas en su propio núcleo duro.
La función de clase del desastre: la podredumbre de un Estado al servicio del capital
“El poder del Estado no es más que el poder de la clase dominante organizado para la opresión de las clases oprimidas”, escribió Friedrich Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. La debacle del gobierno de Kast no es un accidente ni un cúmulo de mala suerte. Es la manifestación de una crisis orgánica de la clase dominante chilena, que ha demostrado ser incapaz de articular un proyecto de gobierno estable y coherente.
La improvisación, la designación de incompetentes y la recurrencia de escándalos de probidad no son fallas aisladas; son la expresión de un sistema donde los cargos públicos se reparten como botines entre las facciones de la burguesía, sin importar la idoneidad de los designados. Como escribió Rosa Luxemburgo, “la libertad solo para los partidarios del gobierno no es libertad”. En el Chile de 2026, la “libertad” de la derecha para designar a sus propias autoridades ha devenido en el caos de una administración que no puede ni siquiera sostenerse a sí misma.
La respuesta del gobierno a esta crisis ha sido la negación y la coartada. El biministro Claudio Alvarado ha declarado que “da lo mismo que sean 20 o 30, no toleraremos que falten a la probidad”. Pero esta defensa, que intenta presentar las salidas como un gesto de “tolerancia cero”, no oculta la realidad de que la propia estructura de selección del gobierno es la que ha generado esta debacle.
Epílogo: el costo de la incompetencia
La hemorragia de autoridades del gobierno de Kast tiene un costo que trasciende la imagen pública. Detrás de cada renuncia hay un territorio sin representación, un ministerio sin conducción y una política pública sin ejecución. Mientras la derecha se debate en sus propias crisis, la clase trabajadora chilena sigue esperando que el Estado cumpla con sus funciones básicas: garantizar la salud, la educación y la seguridad que el gobierno de Kast ha demostrado ser incapaz de proveer.
Como escribió Antonio Gramsci, “la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”. En el interregno de esta crisis, la burguesía chilena ha demostrado que su proyecto de poder no es más que una farsa, una comedia de errores que expone la podredumbre de un sistema que ya no sabe cómo gobernarse a sí mismo.
