José Nicolás Khamis Thomas, chileno de ascendencia palestina, fue retenido 36 horas, interrogado sobre sus opiniones políticas, vejado y finalmente deportado de Israel, a pesar de contar con visa vigente y de que entre Chile y el Estado sionista existe un tratado de libre migración que debiera garantizar su ingreso. El embajador de Chile en Israel, Gabriel Zaliasnik, visitó a Khamis durante su cautiverio, pero se limitó a darle “contención y alimentación” y le advirtió que “no podían hacer nada, porque quien tomaba la decisión es Israel”. La pasividad de la representación diplomática chilena no es un error ni una omisión: es la consecuencia lógica de un nombramiento que prioriza los intereses del sionismo sobre los de la ciudadanía chilena. Mientras Zaliasnik se define como un “sionista chileno orgulloso” y celebra el restablecimiento de las relaciones con Israel, un compatriota es humillado, encarcelado y expulsado por el solo “delito” de tener apellido palestino. La clase trabajadora y la comunidad palestina en Chile asisten a la confirmación de una verdad incómoda: el Estado chileno no está dispuesto a defender a sus ciudadanos cuando eso significa incomodar a sus aliados del imperio.
Por Equipo El Despertar
Santiago de Chile / Tel Aviv. El 28 de julio de 2026, José Nicolás Khamis Thomas, chileno de 32 años, descendiente de palestinos, aterrizó en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión de Tel Aviv con una visa electrónica aprobada y el firme propósito de visitar la tierra de sus familiares en Beit Jala, Cisjordania. No era su primera vez en Medio Oriente. Contaba con todos los documentos en regla. Sin embargo, al llegar al control presencial, comenzó una pesadilla que duraría 36 horas.
“Sentí, desde ese primer momento, que para ellos pesaba más mi origen palestino que mi condición de ciudadano chileno”, relató Khamis. Fue sometido a interrogatorios vejatorios, revisiones violentas, extravío de pertenencias personales, restricción arbitraria del uso de servicios higiénicos, trato hostil e incluso una conducta inapropiada de carácter sexual. Le preguntaron por países árabes que había visitado hacía más de 15 años, por la religión de su abuelo, por su opinión sobre el 7 de octubre y sobre Hamás. “Independientemente de lo que haya pasado ese día, creo que después la respuesta fue desproporcionada”, respondió. Esa respuesta, o quizás simplemente su apellido, fue suficiente para que se le negara el ingreso y se le informara de su deportación.
El tratado pisoteado y el embajador que no quiso mirar
Entre Chile e Israel existe, desde hace décadas, un tratado de libre migración que debiera garantizar el ingreso de los ciudadanos chilenos al Estado sionista. La deportación de Khamis no es un hecho aislado: es la constatación de que Israel se siente con el derecho de pasar por encima de los acuerdos internacionales cuando se trata de ciudadanos chilenos de origen palestino. Como ha advertido la Embajada de Palestina en Chile, se trata de “una práctica sistemática que afecta a ciudadanos chilenos de origen árabe en general, y palestino en particular”.
Durante el cautiverio de Khamis, el embajador de Chile en Israel, Gabriel Zaliasnik, se presentó en la sala de deportaciones. Pero su visita no sirvió para interceder, para exigir el cumplimiento del tratado, para defender los derechos de un ciudadano chileno. Según el relato de Khamis, los funcionarios de la embajada “solo le entregaron contención y alimentación” y le advirtieron que “desde el minuto uno señalaron que no podían hacer nada, porque quien tomaba la decisión es Israel”.
La pasividad de la representación diplomática chilena no es un error ni una omisión. Es la consecuencia lógica de un nombramiento que antepone los intereses del sionismo sobre los de la ciudadanía chilena. El propio Zaliasnik se ha definido como un “sionista chileno orgulloso” y ha celebrado su misión de “reconstruir las sólidas relaciones históricas con Israel”. El presidente israelí, Isaac Herzog, ha calificado su nombramiento como “un hito” en las relaciones bilaterales y ha agradecido al Presidente Kast por haberlo designado. En la práctica, Zaliasnik no es embajador de Chile en Israel: es embajador de Israel en Chile, un agente de los intereses sionistas dentro del Estado chileno.
La denuncia del Partido Comunista y la comunidad palestina
El Partido Comunista de Chile ha denunciado en el pasado la discriminación sistemática contra ciudadanos chilenos de origen palestino, señalando que Israel “pasa por encima del tratado de libre migración existente entre ambos países”. La Embajada de Palestina en Chile ha levantado la voz, advirtiendo que esta práctica “genera un efecto disuasivo sobre muchos ciudadanos chilenos de origen palestino que desean visitar su tierra de origen”.
La comunidad palestina en Chile, una de las más numerosas fuera del mundo árabe, ha visto cómo sus compatriotas son sometidos a tratos vejatorios en los pasos fronterizos controlados por Israel. La deportación de Khamis es un eslabón más en una cadena de abusos que el Estado chileno, bajo el gobierno de Kast, ha decidido tolerar en aras de “fortalecer las relaciones bilaterales” con el Estado sionista.
La función de clase de la sumisión diplomática
Desde una perspectiva marxista, el caso de Khamis no es una anomalía ni un exceso de un funcionario. Es la expresión de la lógica de clase que gobierna la política exterior del gobierno de Kast: una alianza incondicional con el imperialismo y el sionismo, que prioriza los intereses del capital y la geopolítica de Washington por sobre la defensa de los derechos de los ciudadanos chilenos. Zaliasnik no es un diplomático neutral: es un agente del sionismo, nombrado para servir a los intereses de Israel, no para defender a los chilenos.
La misma derecha que se llena la boca con discursos de “mano dura” contra los migrantes y de “defensa de la soberanía nacional” es la que permite que un ciudadano chileno sea humillado y deportado por el solo hecho de tener apellido palestino. La misma administración que exige respeto para los chilenos en el extranjero es la que nombra como embajador a un “sionista orgulloso” que no mueve un dedo cuando un compatriota es vejado.
El Estado chileno no está dispuesto a defender a sus ciudadanos cuando eso significa incomodar a sus aliados del imperio. Como ha señalado la Embajada de Palestina, “el Estado de Palestina, reconocido por Chile en 2011, no controla sus fronteras debido a la ilegal ocupación israelí”. Pero el gobierno de Kast ha decidido ignorar esa realidad y alinearse con el ocupante, incluso si eso significa sacrificar los derechos de los chilenos.
Epílogo: la deuda del Estado con los de abajo
La deportación de José Nicolás Khamis Thomas no es un hecho aislado. Es la confirmación de que el Estado chileno, bajo el gobierno de Kast, ha decidido subordinar los derechos de sus ciudadanos a los intereses del sionismo y el imperialismo. El tratado de libre migración entre Chile e Israel no es más que un papel mojado cuando se trata de chilenos de origen palestino. Y el embajador Zaliasnik, lejos de defender a los suyos, se limita a observar, a dar contención y a recordar que “quien tomaba la decisión es Israel”.
La clase trabajadora chilena y la comunidad palestina no deben olvidar esta lección. La sumisión diplomática de Zaliasnik no es un error, sino una política. Y esa política no cambiará mientras el Estado chileno siga alineado con los intereses del imperio y del sionismo. La única salida no es esperar que los embajadores defiendan a los ciudadanos, sino organizarse para construir un Estado que esté al servicio de las mayorías, no de los intereses de los de arriba.
