El Tribunal Supremo del Partido Socialista resolvió por unanimidad suspender la militancia del senador Fidel Espinoza mientras la Fiscalía de Valparaíso investiga un presunto episodio de violencia intrafamiliar (VIF) ocurrido el 5 de agosto en Viña del Mar. La medida, que la directiva del PS califica como “cautelar, temporal y revocable”, busca “resguardar el debido proceso” y que el militante pueda ejercer su defensa “sin que perjudique la imagen del Partido”. Detrás de la fachada institucional, sin embargo, se esconde la misma lógica de clase que siempre ha gobernado a la socialdemocracia chilena: una casta política que se protege a sí misma, que utiliza el discurso feminista como un escudo y que, cuando se enfrenta a sus propias contradicciones, prefiere la simulación antes que la coherencia. La suspensión de Espinoza no es un acto de justicia, sino un intento desesperado de un partido en decadencia por salvar su propia imagen, mientras la clase trabajadora observa cómo los de arriba se aplican una vara distinta cuando se trata de los suyos.
Por Equipo El Despertar
Santiago de Chile. La noticia cayó como un balde de agua fría en el oficialismo. El Tribunal Supremo del Partido Socialista, el máximo órgano disciplinario de la colectividad, decidió suspender la militancia del senador Fidel Espinoza. La medida, adoptada por unanimidad por los nueve integrantes del tribunal, se fundamenta en el Autoacordado N°18-2020, que permite aplicar sanciones preventivas cuando un militante se encuentra imputado por algún delito ante la justicia ordinaria. El parlamentario tiene un plazo de cinco días para presentar sus descargos.
El telón de fondo es una investigación de oficio que lleva adelante la Fiscalía Regional de Valparaíso por un presunto episodio de violencia intrafamiliar ocurrido el 5 de agosto en el sector de Nueva Aurora, Viña del Mar. Según los antecedentes, la pareja del senador habría solicitado ayuda al conserje del edificio tras una discusión que derivó en agresiones cruzadas. Ninguna de las dos personas quiso presentar una denuncia formal, pero la fiscalía igualmente instruyó diligencias, incluyendo rondas periódicas al domicilio.
La hipocresía del discurso feminista
El Partido Socialista ha construido su identidad en torno a la lucha por los derechos de las mujeres. Su protocolo contra el acoso sexual y la violencia de género es una de sus principales cartas de presentación. Sin embargo, la suspensión de Espinoza no es un acto de coherencia, sino una maniobra de contención de daños. La decisión se produce solo después de que la Mesa Directiva Nacional del PS anunciara que remitiría los antecedentes al Tribunal Supremo, y luego de que se conocieran nuevos antecedentes provenientes de otras mujeres sobre presuntos episodios de violencia psicológica.
La carta enviada por 120 militantes del PS al Tribunal Supremo es un testimonio elocuente de la hipocresía del partido. En el documento, los firmantes recordaron que en 2005 el Tribunal Supremo ya había amonestado a Espinoza por demostrar “desprecio a la participación de una compañera en una elección parlamentaria”. En aquella ocasión, el senador descalificó a Jimena Tricallota, esposa del senador Camilo Escalona, por haberse inscrito para competir con él por el cupo parlamentario del PS. La amonestación no impidió que Espinoza siguiera haciendo carrera en el partido. Veintiún años después, la misma colectividad que se ufana de su compromiso con la equidad de género vuelve a enfrentar el mismo problema.
La suspensión de Espinoza no es un acto de justicia; es un acto de gestión de imagen. El PS sabe que la opinión pública y las bases exigen coherencia, pero también sabe que Espinoza es un senador influyente, con redes y poder dentro del partido. La medida “cautelar, temporal y revocable” no es más que una concesión al escándalo, un gesto que busca apaciguar a las bases sin comprometer realmente al parlamentario. Como ha señalado el propio tribunal, el objetivo es “permitir que el militante pueda ejercer adecuadamente su defensa judicial sin que perjudique la imagen del Partido”. La “imagen del Partido” está por encima de las víctimas, por encima de la coherencia, por encima de la justicia.
La función de clase de la socialdemocracia
Desde una perspectiva marxista, el caso de Fidel Espinoza no es una anomalía, sino la expresión de la lógica de clase que siempre ha gobernado a la socialdemocracia chilena. El PS, que se presenta a sí mismo como el “partido de los trabajadores”, ha sido históricamente una organización de la burguesía ilustrada, que utiliza el discurso de la justicia social para legitimar su poder, pero que en los hechos actúa como una máquina de reproducción de las élites y como parte fundamental de la mano izquierda del capital.
La suspensión de Espinoza no es un acto de justicia, sino un acto de disciplinamiento interno. El PS no está protegiendo a las víctimas; está protegiéndose a sí mismo. Está asegurando que el escándalo no salpique al partido, que no afecte su imagen frente al electorado, que no ponga en riesgo sus cuotas de poder. La “medida cautelar” es, en los hechos, una farsa: una forma de aparentar que se hace algo, sin hacer realmente nada.
La clase trabajadora no debe dejarse engañar por el espectáculo de la “mano dura” del PS. Mientras los tribunales de la colectividad simulan aplicar sanciones, los verdaderos responsables de la violencia de género siguen ocupando sus cargos, disfrutando de sus privilegios y protegiéndose mutuamente. La suspensión de Espinoza no es un triunfo del feminismo; es una derrota de la coherencia. No es un avance en la lucha contra la violencia; es un retroceso en la credibilidad de la política.
Epílogo: la farsa continúa
El caso de Fidel Espinoza es un espejo de la podredumbre del sistema político chileno. Un senador investigado por violencia intrafamiliar es suspendido de su militancia, pero sigue en su cargo. Un partido que se ufana de su compromiso con la equidad de género aplica una sanción que no es más que un gesto vacío. La clase trabajadora asiste, una vez más, al espectáculo de una política que se mueve entre el cinismo y la hipocresía.
La suspensión de Espinoza no es el fin del problema; es su continuación. El PS no ha resuelto nada; ha postergado la solución. La investigación fiscal sigue su curso, y el partido esperará sus resultados para adoptar una determinación final. Mientras tanto, Espinoza seguirá siendo senador, el partido seguirá utilizando el discurso feminista como coartada, y la clase trabajadora seguirá esperando que alguna vez la política deje de ser una farsa y se convierta en una herramienta de transformación real.
La lección es clara: mientras la política siga siendo un negocio de las élites, la justicia será siempre una quimera. La lucha por la igualdad no se gana en los tribunales de los partidos, sino en las calles, en la conciencia y en la organización de los de abajo.
