El bolsillo de la clase trabajadora recibirá un nuevo golpe este jueves 20 de agosto, cuando entre en vigencia una nueva alza en los precios de las bencinas y el diésel. De acuerdo a las proyecciones, la gasolina de 93 octanos subirá entre $32 y $37 por litro, la de 97 octanos entre $32 y $38, y el diésel entre $30 y $3. El gobierno de José Antonio Kast justifica la medida en la “presión internacional” y el costo de la guerra imperialista en Medio Oriente. Pero la clase trabajadora sabe que esta no es una fatalidad del mercado, sino una decisión de clase: la misma administración que encontró tiempo y recursos para regalar más de 4.000 millones de dólares anuales a las grandes empresas a través de la megareforma tributaria, que autorizó la capitalización de Codelco y que prepara una reforma al mercado de capitales, ahora dice no tener más remedio que ajustar el precio de los combustibles para “resguardar las finanzas públicas” . Mientras los grupos económicos celebran sus rebajas tributarias, los trabajadores, los transportistas y las familias populares pagan la factura de una guerra que no han elegido, en un país que depende casi totalmente de las importaciones de petróleo.
Por Equippo El Despertar
Santiago de Chile. La noticia cayó como un balde de agua fría sobre los hogares de la clase trabajadora. Este jueves 20 de agosto entrará en vigencia un nuevo aumento en los precios de los combustibles, el segundo gran golpe al bolsillo de los chilenos desde el histórico “bencinazo” de marzo, cuando el gobierno de Kast aplicó un incremento de 370 pesos en la gasolina de 93 octanos y de 580 pesos en el diésel. La nueva alza, que se enmarca en el reajuste programado cada tres semanas por el Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (MEPCO), llevará la gasolina de 93 octanos a un incremento de entre $32 y $37 por litro, la de 97 octanos entre $32 y $38, y el diésel entre $30 y $35.
El argumento de la “presión internacional” y la realidad de una economía dependiente
La analista de mercados Emanoelle Santos, citada por diversos medios, atribuyó el alza al comportamiento de los mercados internacionales, señalando que “la presión continúa asociada principalmente al nivel de los precios internacionales de los combustibles, aunque la evolución reciente del peso chileno ayuda a moderar parcialmente el impacto”. El gobierno de Kast, por su parte, ha defendido la medida como una necesidad para “resguardar las finanzas públicas” ante el shock de precios provocado por la guerra en Medio Oriente.
Pero la clase trabajadora no debe dejarse engañar por el discurso de la “presión internacional”. Chile depende casi totalmente de las importaciones de petróleo, y el alza de los combustibles es una transferencia de recursos desde los bolsillos de los trabajadores hacia las arcas de las grandes petroleras y el fisco. La misma administración que ahora dice no tener más remedio que ajustar los precios de los combustibles es la que encontró tiempo y recursos para aprobar una megareforma tributaria que regala más de 4.000 millones de dólares anuales a las grandes empresas, que autorizó la capitalización de Codelco con 2.400 millones de dólares y que prepara una reforma al mercado de capitales para atraer US$11.200 millones de capitales internacionales.
La contradicción es brutal: mientras el gobierno de Kast recorta la salud, la vivienda y la educación de los sectores populares, mientras desfinancia la gratuidad universitaria y reduce los subsidios habitacionales, no duda en trasladar el costo de la guerra imperialista a los hombros de los trabajadores. Como declaró el propio Presidente Kast en julio, defendiendo el alza de marzo: “Nos tocó una situación difícil por la guerra [en Irán]. Y tuvimos que traspasar el alza de las bencinas a los ciudadanos” [8†L18-L20]. La guerra no la eligieron los trabajadores chilenos, pero son ellos quienes la pagan.
El costo del ajuste: inflación, transporte y la geografía del hambre
El impacto de este nuevo alza no se limita al bolsillo de quienes llenan el estanque de su auto. El economista Juan Ortiz, profesor de la Universidad Diego Portales, advirtió que la inflación “será mayor como resultado de este aumento del precio de los combustibles” . El encarecimiento del diésel, en particular, golpeará directamente a los transportistas, a los agricultores y a la industria, encareciendo el costo de los alimentos y los bienes básicos. La clase trabajadora, que ya arrastra meses de desempleo histórico y precarización laboral, verá cómo sus salarios se esfuman aún más rápido.
El gobierno ha anunciado medidas de mitigación, como el congelamiento de la tarifa del transporte público y un bono de 110 dólares mensuales para los taxistas durante seis meses]. Pero estas medidas son apenas un paliativo para una herida que sangra a diario. Los trabajadores de a pie, los que dependen del transporte público o de sus vehículos para llegar a sus empleos, los que viven en las periferias y recorren largas distancias cada día, son los que pagan el costo más alto de esta decisión.
La función de clase del “bencinazo”
Desde una perspectiva marxista, el nuevo alza de los combustibles no es una medida técnica ni una fatalidad del mercado. Es la expresión de la lógica de clase que gobierna el Estado chileno bajo la administración de Kast: la transferencia de recursos desde los sectores populares hacia el capital, la subordinación de las necesidades de la mayoría a los intereses de la acumulación. La misma administración que se llena la boca con discursos de “emergencia” y “orden” es la que, cuando los intereses del capital están en juego, no duda en trasladar el costo de la crisis a los hombros de los trabajadores.
El alza de los combustibles no es un accidente: es la continuación de la ofensiva de clase que la derecha chilena ha desplegado desde el retorno a la democracia. El mismo gobierno que recorta la salud, la vivienda y la educación de los sectores populares, que regala 4.000 millones de dólares anuales a las grandes empresas, que autoriza la capitalización de Codelco y que prepara una reforma al mercado de capitales, es el que ahora dice no tener más remedio que ajustar el precio de los combustibles. La “estrechez fiscal” que invoca el ministro Quiroz no existe cuando se trata de regalar recursos a los grupos económicos; existe solo cuando se trata de proteger a los de abajo.
El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, argumentó en marzo que el mecanismo de control de precios le costaba al Estado unos 140 millones de dólares semanales . Pero la clase trabajadora debe preguntarse: ¿por qué el Estado puede encontrar 4.000 millones de dólares anuales para regalar a las grandes empresas a través de la megareforma tributaria, pero no puede mantener un mecanismo que estabilice los precios de los combustibles para las familias populares? La respuesta es simple: porque el gobierno de Kast no gobierna para los trabajadores, sino para los grupos económicos que lo financian.
Epílogo: el peso de la guerra sobre los hombros de los de abajo
El nuevo alza de los combustibles no es un hecho aislado. Es el eslabón de una cadena de saqueo que incluye la megareforma tributaria, la capitalización de Codelco, la reforma al mercado de capitales y los recortes a la salud, la vivienda y la educación. La misma administración que promete “mano dura” contra la delincuencia es la que, con la otra mano, vacía los bolsillos de los trabajadores para llenar las arcas del capital.
Mientras el gobierno de Kast celebra sus “éxitos legislativos” y los grupos económicos se frotan las manos con las rebajas tributarias, la clase trabajadora chilena sigue pagando el costo de una guerra que no ha elegido, de un modelo económico que la excluye y de un gobierno que la desprecia. La gasolina sube, el transporte se encarece, los alimentos se vuelven más caros, y los salarios no alcanzan. La “presión internacional” es solo la coartada de una decisión de clase: la de trasladar el costo de la crisis a los hombros de los de abajo. La lucha por un precio justo de los combustibles es la lucha por un modelo económico que ponga las necesidades de las mayorías por encima de las ganancias de las minorías.
