El reciente informe de la Comisión Internacional de Investigación de las Naciones Unidas acusa formalmente a las fuerzas de ocupación de cometer crímenes de lesa humanidad y limpieza étnica en los territorios ocupados, desnudando la fase superior de un proyecto colonial de poblamiento orientado al despojo territorial de la población palestina.
Por Equipo El Despertar
El informe presentado hoy ante la Asamblea General por la Comisión Internacional de Investigación de las Naciones Unidas, que concluye que el Estado de Israel está cometiendo el crimen de lesa humanidad de “exterminio” en Cisjordania —al tiempo que sostiene la tipificación de genocidio en la Franja de Gaza—, marca un hito en la caracterización formal de la violencia colonial en Asia Occidental. Sin embargo, desestimando la narrativa de la diplomacia burguesa y los medios hegemónicos que intentan enmarcar estos hallazgos como una “desviación lamentable” o el resultado de un “exceso táctico de seguridad” en la administración de Benjamin Netanyahu, la evidencia documental expone la lógica profunda del capitalismo militarizado: la erradicación violenta de las poblaciones autóctonas para la apropiación ilimitada de recursos y territorio.
Las cifras y hechos sistematizados por la comisión internacional revelan una aceleración cualitativa de la limpieza étnica desde principios de 2025, registrando las mayores cotas de desplazamiento forzado de población palestina en Cisjordania desde la Naksa de 1967. La intensificación de los bombardeos aéreos contra campamentos de refugiados en Yenín, Tulkarem y Nablus, sumada a la violencia paramilitar protegida de los colonos armados, no responde a necesidades defensivas abstractas, sino a la política sistemática de cerco y vaciamiento poblacional dirigida a asfixiar la viabilidad material del pueblo palestino. El uso coordinado de la fuerza estatal y la infraestructura de ocupación opera como la vanguardia para la anexión de facto de las tierras fértiles y las reservas hídricas en favor del capital inmobiliario y agroindustrial sionista.
Frente al abrumador cuerpo de pruebas que acusa al régimen de Tel Aviv, los voceros diplomáticos del bloque imperialista occidental apresuran retóricas sobre el “derecho a la defensa” mientras mantienen el flujo ininterrumpido de financiamiento, armamento y blindaje político. Desde el terreno, referentes de la resistencia popular y la sociedad civil palestina han enfatizado la hipocresía inherente al derecho internacional liberal: “Las resoluciones y los informes multilaterales que constatan el exterminio son una formalidad tardía si no vienen acompañados del embargo total de armas y la ruptura de relaciones económicas con el agresor. Confirmar que nos están exterminando no detiene las balas si los mismos gobiernos que leen estos informes siguen financiando las industrias militares que destruyen nuestros hogares”.
Desde la perspectiva del materialismo histórico, la acusación de exterminio elevada por los organismos internacionales confirma que el sionismo no es simplemente un proyecto ideológico o nacionalista, sino una expresión concreta del colonialismo de poblamiento que requiere la constante desposesión de la clase trabajadora y el campesinado palestino para consolidar su hegemonía territorial. La apelación al marco normativo de las Naciones Unidas muestra sus límites estructurales cuando choca con las alianzas geostratégicas del imperialismo. Por ello, la detención efectiva de la máquina de exterminio y la liberación definitiva del pueblo palestino no vendrán de los pasillos diplomáticos de Ginebra o Nueva York, sino de la profundización de la resistencia popular en los territorios ocupados y el fortalecimiento de la solidaridad internacionalista de la clase trabajadora global mediante el boicot, la movilización de masas y el aislamiento efectivo del enclave colonial.
