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Editorial / La Primera Internacional: cuando los trabajadores comprendieron que el capital no tenía fronteras

Sep 29, 2026

El 28 de septiembre de 1864 nació en Londres la Asociación Internacional de los Trabajadores. Sindicalistas británicos, obreros franceses, revolucionarios y exiliados de distintos países intentaron construir una organización capaz de coordinar luchas que hasta entonces se desarrollaban principalmente dentro de las fronteras nacionales. Desde una lectura marxista, su historia permite examinar una contradicción que conserva actualidad: la economía puede internacionalizarse mucho más rápidamente que los derechos y las organizaciones de quienes trabajan.

Por Equipo El Despertar

El 28 de septiembre de 1864, el St. Martin’s Hall de Londres reunió a trabajadores, sindicalistas y militantes procedentes de diferentes tradiciones políticas europeas. De aquella reunión surgió la Asociación Internacional de los Trabajadores, posteriormente conocida como Primera Internacional. Marx estuvo presente y pasó a formar parte de su comité provisional; poco después redactaría su Manifiesto Inaugural y participaría decisivamente en la elaboración de sus documentos políticos.

No fue una reunión de marxistas que pensaban exactamente lo mismo. Ese detalle resulta fundamental para comprender su importancia. En la organización coexistieron sindicalistas británicos, socialistas franceses, seguidores de Proudhon, republicanos, revolucionarios italianos, anarquistas y posteriormente partidarios de Bakunin, junto con Marx y sus colaboradores. La Internacional fue simultáneamente un espacio de cooperación y un escenario de intensas controversias acerca del Estado, la propiedad, la organización política y los caminos de la emancipación obrera.

Precisamente por eso su nacimiento resulta tan interesante. La Internacional surgió de una constatación material antes que de una abstracción ideológica: los trabajadores de diferentes países estaban comenzando a descubrir que sus condiciones de vida estaban conectadas por una economía que atravesaba las fronteras nacionales.

La industrialización europea había incrementado extraordinariamente la producción y el comercio. Sin embargo, esa expansión no significaba automáticamente una mejora equivalente para quienes trabajaban. En el Manifiesto Inaugural de 1864, Marx partió precisamente de esa contradicción: señalaba que entre 1848 y 1864 la industria y el comercio británicos habían experimentado un crecimiento extraordinario mientras persistían la pobreza y los salarios insuficientes de amplios sectores trabajadores.

Allí aparece uno de los núcleos del análisis marxista que posteriormente adquiriría una formulación mucho más sistemática en El capital: crecimiento de la riqueza social y bienestar de los productores no son necesariamente la misma cosa.

Una economía puede producir más y, al mismo tiempo, distribuir de manera profundamente desigual los frutos de ese incremento productivo. Puede modernizar sus tecnologías sin garantizar seguridad a quienes trabajan. Puede ampliar mercados mientras mantiene condiciones precarias para una parte importante de la población. La cuestión fundamental deja entonces de ser solamente cuánto produce una sociedad y pasa a ser también quién controla esa producción, quién se apropia de sus resultados y qué capacidad poseen los trabajadores para intervenir en esas decisiones.

La Primera Internacional intentó responder a esa realidad mediante algo que entonces resultaba extraordinariamente novedoso: organización obrera transnacional.

No se trataba únicamente de solidaridad sentimental entre pueblos. Existía una razón material. Si el capital podía desplazarse, comerciar y buscar condiciones favorables en diferentes territorios, los trabajadores necesitaban impedir que las fronteras fueran utilizadas para enfrentarlos entre sí. La competencia entre trabajadores franceses, ingleses, alemanes, italianos o belgas podía convertirse en una herramienta para debilitar salarios y organizaciones laborales.

El internacionalismo adquiría así un significado concreto: la solidaridad entre trabajadores de distintos países podía funcionar como respuesta a una economía que ya estaba comenzando a internacionalizarse.

Pero la Internacional no redujo su horizonte al salario. Participó también en debates sobre democracia, guerras, independencia nacional y esclavitud. Su surgimiento estuvo precedido por contactos entre trabajadores franceses y británicos y por movilizaciones relacionadas con la independencia polaca; Marx recordaría posteriormente esos antecedentes al explicar cómo había llegado a la reunión de St. Martin’s Hall.

Esta dimensión resulta especialmente importante porque ayuda a comprender una característica histórica del internacionalismo obrero: la emancipación social fue pensada en relación con otros conflictos políticos de su tiempo.

Eso no significa que la Internacional tuviera posiciones homogéneas. Muy por el contrario. Dentro de ella aparecieron profundas disputas entre Marx, los proudhonianos, los seguidores de Bakunin y otras tendencias. Algunas defendían distintas formas de mutualismo y cooperación; otras desconfiaban radicalmente de la acción política y del Estado; Marx consideraba indispensable que la clase trabajadora desarrollara capacidad de organización política además de organización económica. Esas divergencias terminaron contribuyendo a la crisis de la propia Internacional.

La experiencia de la Comuna de París de 1871 profundizó aquellas tensiones. Después de su derrota y de la represión que siguió, el movimiento obrero europeo enfrentó condiciones particularmente difíciles. En el Congreso de La Haya de 1872 se decidió trasladar el Consejo General a Nueva York y, pocos años después, la Primera Internacional dejó de funcionar como organización efectiva.

Sería un error, sin embargo, medir su importancia únicamente por su duración.

Su legado histórico fue haber planteado de manera organizada una pregunta que acompañaría desde entonces al movimiento obrero: ¿cómo construir solidaridad internacional cuando trabajadores de distintos países están insertos en una misma economía pero separados por Estados, legislaciones, lenguas, culturas y condiciones salariales diferentes?

La pregunta adquiere una dimensión nueva en el capitalismo contemporáneo.

Hoy una mercancía puede diseñarse en Estados Unidos, financiarse desde distintos centros financieros, incorporar minerales extraídos en América Latina o África, utilizar componentes fabricados en Asia y venderse prácticamente en todo el planeta. Las grandes cadenas productivas atraviesan fronteras continuamente. El capital financiero puede desplazar enormes cantidades de recursos de un mercado a otro en segundos.

El trabajador, en cambio, continúa dependiendo fundamentalmente de derechos establecidos dentro de fronteras nacionales.

Esta asimetría permite actualizar —sin trasladar mecánicamente categorías del siglo XIX— la pregunta que estaba detrás de la Primera Internacional: ¿qué ocurre cuando la producción se organiza globalmente mientras buena parte de la protección social y de la negociación laboral continúa siendo nacional?

Desde una lectura marxista, esa contradicción merece especial atención porque la competencia internacional no ocurre solamente entre empresas. También puede traducirse en competencia entre territorios y trabajadores: salarios menores, regulaciones laborales diferentes, ventajas tributarias o menores exigencias ambientales pueden transformarse en instrumentos para atraer inversiones.

Pero la historia de la Internacional ofrece también una advertencia contra las simplificaciones. Los trabajadores no constituyen automáticamente una comunidad política homogénea por compartir una posición económica. Nacionalidad, género, colonialismo, racismo, migración y diferentes experiencias históricas atraviesan a las clases trabajadoras. El internacionalismo, por tanto, nunca fue simplemente una condición espontánea: debía construirse políticamente.

Rosa Luxemburgo comprendería posteriormente con particular profundidad la tensión entre internacionalismo, nacionalismo, militarismo y acumulación capitalista. Lenin analizaría el imperialismo desde otras coordenadas históricas. En América Latina, Mariátegui intentaría pensar un socialismo capaz de dialogar con nuestras propias estructuras de clase, la cuestión indígena y las particularidades del continente. Y las luchas anticoloniales del siglo XX obligarían al marxismo europeo a enfrentarse con experiencias históricas que no podían explicarse únicamente desde la fábrica industrial.

Por eso recuperar la Primera Internacional no debería significar convertir 1864 en una pieza de museo ni repetir consignas construidas para otra época.

Significa recuperar una pregunta.

¿Qué formas de cooperación entre trabajadores corresponden a una economía organizada a escala mundial?

La respuesta pertenece a las sociedades contemporáneas y admite posiciones políticas diferentes. Sindicatos internacionales, acuerdos laborales incorporados a tratados comerciales, regulación supranacional, negociación colectiva transnacional y organizaciones políticas internacionales representan respuestas distintas al mismo problema estructural.

Pero la intuición que nació en St. Martin’s Hall conserva una extraordinaria fuerza histórica.

Hace 162 años, trabajadores provenientes de diferentes países comenzaron a comprender que muchas de sus dificultades no podían abordarse exclusivamente dentro de sus propias fronteras. El capitalismo industrial estaba creando mercados cada vez más amplios y relaciones económicas internacionales cada vez más profundas. La organización del trabajo comenzó a buscar también una escala internacional.

La Primera Internacional tuvo contradicciones, divisiones y una existencia relativamente breve. No produjo una unidad permanente de la clase trabajadora mundial ni resolvió las enormes diferencias políticas que atravesaban al socialismo europeo. Pero convirtió una intuición en organización: si las relaciones económicas conectaban a trabajadores separados por miles de kilómetros, sus luchas también podían encontrar formas de coordinación más allá de las fronteras.

Quizá por eso aquella reunión londinense de septiembre de 1864 continúa siendo estudiada.

No porque proporcione una receta para el presente, sino porque formuló tempranamente una de las contradicciones fundamentales de la modernidad capitalista: la riqueza puede organizarse internacionalmente mientras los derechos permanecen fragmentados territorialmente.

La historia posterior demostraría que construir internacionalismo es mucho más difícil que proclamarlo. Pero también demostraría que aquella pregunta no desapareció con la Primera Internacional.

Más de siglo y medio después, en una economía incomparablemente más globalizada que la conocida por Marx, sigue siendo una cuestión abierta.

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