La debacle sufrida por los multifondos D y E evidencia cómo la especulación del capital financiero destruye el ahorro acumulado durante décadas de trabajo, desmantelando la falacia de la “protección al trabajador por jubilar” y evidenciando su verdadero objetivo, garantizar la liquidez de los mercados.
Por Equipo El Despertar
La drástica depreciación sufrida por los multifondos D y E del sistema previsional —categorizados bajo el eufemismo técnico de “conservadores” o de “bajo riesgo”— ha asestado un golpe demoledor a las expectativas de retiro de cientos de miles de trabajadores en las vísperas de su jubilación. La prensa hegemónica y los analistas del circuito financiero han apresurado una narrativa explicativa basada en “descalces macroeconómicos”, la volatilidad de la tasa de interés y “shocks externos impredecibles”, buscando eximir de toda responsabilidad a las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Sin embargo, la lectura materialista de los hechos revela una realidad antagónica: la pérdida patrimonial de quienes están a punto de jubilar es el resultado predecible de un modelo donde el ahorro obrero es expuesto a la especulación de mercado para sostener la rentabilidad del capital financiero.
El diseño ideológico del sistema de multifondos fue vendido a la población bajo la promesa de una supuesta “protección gradual”: a mayor cercanía con la edad de retiro, los fondos serían resguardados en instrumentos de menor volatilidad para blindar la pensión futura. La realidad ha destrozado esta ficción liberal. Las AFP, orientadas por la búsqueda incesante de retornos para los grupos económicos a los que financian, volcaron masivamente los recursos de los fondos D y E hacia títulos de deuda e instrumentos de renta fija que resultaron altamente vulnerables a las fluctuaciones del mercado. Mientras la masa trabajadora ve esfumarse en cuestión de meses el esfuerzo de toda una vida laboral, las administradoras continúan percibiendo comisiones obligatorias e innegociables calculadas sobre el salario bruto, asegurando utilidades corporativas récord a costa de la ruina de los futuros pensionados.
Esta asimetría estructural pone de manifiesto la complicidad de la Superintendencia de Pensiones y del conjunto del aparato estatal, cuya fiscalización no está orientada a preservar el poder adquisitivo de los cotizantes, sino a garantizar la estabilidad del flujo de liquidez hacia el sistema bancario e inmobiliario. Ante la magnitud de las pérdidas en los sectores próximos a jubilar, diversas organizaciones de trabajadores y movimientos previsionales han denunciado la estafa institucionalizada que representa esta mecánica: “A las y los trabajadores a punto de jubilar nos dijeron que nos refugiáramos en los fondos E y D para no arriesgar nuestros ahorros, y es precisamente ahí donde las AFP nos expropiaron parte sustancial de nuestra pensión. Ellas nunca pierden; el costo de las pérdidas en la ruleta bursátil lo pagamos íntegramente los de abajo con jubilaciones de miseria”.
El colapso de los fondos supuestamente conservadores desmantela la falacia de que la capitalización individual constituye un mecanismo de “ahorro personal” o “propiedad sobre los fondos”. En la economía política del capitalismo chileno, la masa de cotizaciones obligatorias funciona como un subsidio permanente al gran capital, que privatiza las ganancias de las inversiones en tiempos de bonanza y socializa las pérdidas destruyendo el valor de las pensiones en tiempos de crisis. La lección para la clase trabajadora es categórica: no existen “fondos seguros” dentro de un sistema diseñado para la acumulación privada. La única garantía de una vejez digna no vendrá de la especulación financiera ni de la regulación de los multifondos, sino de la erradicación del negocio de las AFP y la instauración de un sistema público y solidario gestionado directamente por las y los trabajadores.
