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La tenaza del capital ficticio y la renta fósil: las tasas de interés y el petróleo estrangulan la producción global

Sep 29, 2026

Detrás de los discursos financieros que atribuyen la inestabilidad a «choques externos» o a la «volatilidad del mercado», la elevación de los costes de la energía y del crédito revela la incapacidad del sistema capitalista para sostener la acumulación sin transferir el coste de su crisis a la clase trabajadora.

Por Equipo El despertar

as crónicas financieras de la prensa hegemónica insisten en presentar la reciente turbulencia en los mercados mundiales como un fenómeno técnico derivado del encarecimiento del petróleo y el mantenimiento de tasas de interés elevadas por parte de los principales bancos centrales. Sin embargo, un análisis fundamentado en la economía política marxista desclasifica estas explicaciones de superficie para mostrar la verdadera dinámica subyacente: asistimos al despliegue simultáneo de dos contradicciones centrales del modo de producción capitalista. Por un lado, la presión de la renta petrolera sobre el costo total de producción; por el otro, el intento del Estado imperialista de contener la devaluación monetaria e inflar el valor del capital financiero mediante el encarecimiento artificial del dinero.

El encarecimiento del crudo no responde únicamente a fluctuaciones fortuitas en la oferta o la demanda, sino a la disputa entablada por los monopolios energéticos y las oligarquías extractivas para capturar una mayor proporción de la plusvalía global en forma de renta de la tierra. Como señalaba Karl Marx en el tomo III de El Capital, «la renta de la tierra no hace más que transferir una parte de la plusvalía producida por el trabajo de una clase de capitalistas a otra». Al elevar el costo del capital constante circulante ($C$) en todas las ramas de la industria y el transporte, el encarecimiento de la energía comprime de forma directa la tasa general de ganancia del capital productivo, forzando a las grandes corporaciones a trasladar dicho incremento al precio de los medios de subsistencia consumidos por la masa asalariada.

Simultáneamente, la política de altos tipos de interés impulsada por la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Central Europeo opera como un salvavidas para el capital bancario y financiero (el «capital ficticio»). Al subir el precio del crédito para disciplinar la inflación, las autoridades monetarias buscan resguardar los rendimientos de la plusvalía acumulada en forma de títulos de deuda, préstamos y activos financieros, desatando una severa contracción sobre la actividad productiva. En su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo, Vladimir Lenin advertía con lucidez cómo la oligarquía financiera domina sobre el conjunto del sistema: «El capital financiero es una fuerza tan considerable, se puede decir que tan decisiva, en todas las relaciones económicas e internacionales, que es capaz de subordinar, y subordinar efectivamente, hasta a los Estados que gozan de la independencia política más completa».

La convergencia del petróleo caro y el crédito restringido constituye una tenaza perfecta contra el proletariado internacional. Mientras el incremento del coste de la energía encarece la cesta de consumo básico, las elevadas tasas de interés encarecen la vivienda, profundizan el endeudamiento de los hogares y sirven como pretexto para que las patronales contengan o devalúen el salario directo. Lejos de ser un desajuste pasajero que se corregirá mediante la “mano invisible” del libre mercado, la tensión que hoy sacude a los mercados financieros es el síntoma visible de un modo de producción que, acorralado por la caída de su rentabilidad real, intensifica el despojo financiero y la explotación para garantizar la continuidad del beneficio corporativo.

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