Después de seis meses de una guerra que no puede ganar en el campo de batalla, el imperio estadounidense ha declarado una “guerra económica sin precedentes” contra Irán, amenazando con sanciones secundarias a cualquier país, empresa o institución que mantenga vínculos financieros con Teherán. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, advirtió que su gobierno desplegará “toda su potencia y fuerza” contra quienes sigan comprando petróleo iraní. Pero mientras Donald Trump promete un “Día D económico” para doblegar a la República Islámica, la clase trabajadora del mundo ya está pagando el costo de esta nueva ofensiva: los precios del petróleo se disparan, la inflación golpea los bolsillos de los de abajo y la economía global se tambalea al borde de una recesión. La guerra económica no es un conflicto entre Estados; es la expresión más cruda de la lucha de clases a escala global, donde el capital financiero utiliza el hambre y la miseria como armas de guerra contra los pueblos que se niegan a doblegarse.
Por Equipo El Despertar
Washington D.C. La retórica de la “guerra total” ha encontrado un nuevo escenario. A seis meses del inicio de la ofensiva militar contra Irán, y con las reservas de armas clave disminuyendo, el gobierno de Donald Trump ha girado hacia una ofensiva económica que promete ser “la más devastadora jamás emprendida contra país alguno”. En un mensaje publicado en su red Truth Social, Trump calificó la medida como la “operación económica más devastadora jamás emprendida contra país alguno” y describió la nueva estrategia como una campaña de aislamiento destinada a presionar al gobierno iraní.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ofreció un adelanto de lo que podría suceder al amenazar con sanciones secundarias a naciones y empresas que hagan negocios con la República Islámica. “Si insisten en hacer negocios con ellos, entonces el Tesoro de Estados Unidos y el gobierno de Estados Unidos desplegarán toda su potencia y fuerza contra ustedes”, advirtió Bessent. “Es hora de que nuestros aliados y el resto del mundo tomen una decisión”. Trump fue aún más explícito: “Hoy también anuncio que cualquier país que permita que sus instituciones financieras, empresas, aeropuertos o entidades gubernamentales proporcionen algún tipo de ayuda a Irán se enfrentará a tremendas consecuencias económicas”.
La lógica del saqueo: el petróleo barato como objetivo de clase
La nueva ofensiva económica revela la verdadera naturaleza de clase de la guerra. El vicepresidente estadounidense, JD Vance, fue claro al establecer las prioridades del imperio: “El objetivo número uno: mantener el petróleo y el gas baratos para los estadounidenses en todo nuestro país”. Solo después viene el objetivo de “asegurarnos de que Irán nunca obtenga un arma nuclear”. La guerra no es por la democracia ni por los derechos humanos; es por el control de los recursos energéticos y la capacidad del capital estadounidense para mantener su dominio sobre la economía global.
Bessent, por su parte, presentó la estrategia como la combinación de dos medidas: la asfixia financiera y el bloqueo físico. Citó como comparación a La Habana y Caracas: “Venezuela se derrumbó de inmediato cuando impusimos el bloqueo”. La referencia es una confesión involuntaria: el imperio no busca derrotar a Irán en el campo de batalla, sino hacerlo mediante el hambre y la miseria, utilizando las mismas tácticas que han asfixiado a Cuba y Venezuela durante décadas.
La respuesta de la Resistencia: “Ya vimos esta película”
Frente a la amenaza, el ministro de Relaciones Exteriores iraní, Abbas Araghchi, publicó el viernes en X la historia de las sanciones estadounidenses contra Irán, diciendo: “Ya hemos visto esta película antes. La misma bravata. Diferentes amedrentadores”. La respuesta de Teherán es la de un país que ha resistido casi cinco décadas de duras sanciones estadounidenses. Irán conoce bien la lógica del imperio y sabe que la guerra económica no es un fin en sí misma, sino un medio para doblegar la voluntad de un pueblo que se niega a ser dominado.
El estrecho de Ormuz, por el que transitaba antes de la guerra una quinta parte del petróleo mundial, sigue siendo el punto de fricción más candente. En la práctica, el paso está cerrado por Irán. Teherán exige a los buques una autorización y quiere imponer a largo plazo tasas de servicio, algo que Washington rechaza. Pero la negativa de Irán a doblegarse ha forzado a Washington a un cambio de enfoque: las armas nucleares, la principal razón que Trump presentó para ir a la guerra junto a Israel, quedaron en un segundo plano.
La función de clase de la guerra económica
Desde una perspectiva marxista, la “guerra económica” de Trump no es una desviación de la política exterior estadounidense, sino su expresión más pura. El imperialismo, incapaz de ganar en el campo de batalla, recurre al hambre como arma de guerra. La amenaza de sanciones secundarias no es un acto de diplomacia, sino un acto de guerra de clases a escala global: el capital financiero estadounidense intenta imponer su dominio sobre los pueblos del mundo mediante el control de los recursos energéticos y la asfixia económica de quienes se resisten.
Pero la guerra económica no es un conflicto entre Estados; es una guerra contra la clase trabajadora global. Cada barril de petróleo que deja de circular, cada sanción que se impone, cada amenaza que se profiere, se traduce en gasolina más cara, alimentos más caros y más hambre para los de abajo. La CEPAL ya ha advertido que el precio promedio del petróleo este año será más alto que en 2025. La economía mundial, que ya arrastraba los efectos de la pandemia y la crisis climática, se tambalea al borde de una recesión.
Epílogo: la guerra del hambre recién comienza
La nueva fase de presión económica contra Irán no es el fin de la guerra, sino su continuación por otros medios. Trump ha declarado que “quizás en algún momento” Washington y Teherán puedan retomar negociaciones, pero la actual situación en el estrecho de Ormuz “es muy buena” y que muchos petroleros lo están transitando sin problema. La declaración es una confesión: el imperio está dispuesto a prolongar el sufrimiento económico de Irán y del mundo entero hasta que Teherán se doblegue.
Mientras Trump promete un “Día D económico” y Bessent amenaza con “tremendas consecuencias” para quienes hagan negocios con Irán, la clase trabajadora del mundo sigue pagando el costo de una guerra que no ha elegido. Los precios del petróleo se disparan, la inflación golpea los bolsillos de los de abajo y la economía global se tambalea al borde de una recesión. La guerra económica no es un conflicto entre Estados; es la expresión más cruda de la lucha de clases a escala global, donde el capital financiero utiliza el hambre y la miseria como armas de guerra contra los pueblos que se niegan a doblegarse.
La Resistencia, sin embargo, no se rinde. Como ha dicho Araghchi, “ya hemos visto esta película antes”. La pregunta que la clase trabajadora del mundo debe formularse es simple: ¿cuántas guerras económicas más tendremos que soportar antes de comprender que la única salida no es que el imperio decida detenerlas, sino organizarnos para construir un mundo donde el hambre no sea un arma de guerra y los recursos energéticos estén al servicio de las necesidades de las mayorías, no de las ganancias de las minorías?
