Mientras el mundo dirige su mirada hacia el golfo Pérsico, la guerra en Ucrania no solo no cesa, sino que se intensifica con una ferocidad que la prensa hegemónica ha decidido silenciar. Esta semana, la matanza se ha cebado con la población civil en Kryvyi Rih, la ciudad natal de Zelenski, donde al menos 14 personas, incluyendo una veintena de niños, murieron en un ataque ruso contra un centro comercial. En Kiev, el saldo de los bombardeos masivos asciende a 15 muertos y 39 heridos. Pero los muertos y heridos son solo la punta del iceberg de una crisis que golpea con especial saña a los de abajo: mientras los gobiernos europeos se preparan para un invierno de escasez y la economía global se tambalea, los más vulnerables son quienes pagan el precio más alto de una guerra que no han elegido.
Kryvyi Rih, Ucrania. La tarde del viernes 21 de agosto, un centro comercial en Kryvyi Rih se convirtió en el escenario de la masacre más reciente de una guerra que ya lleva cuatro años y medio. Los drones rusos impactaron contra el edificio, matando al menos a 14 personas e hiriendo a 121. Entre las víctimas, una veintena de niños. Horas antes, un ataque masivo con misiles y 168 drones había sacudido Kiev, matando a 15 personas e hiriendo a decenas más, destruyendo edificios residenciales, una escuela y un hospital infantil. El presidente titere del imperio EEUU, Zelenski, calificó el bombardeo como uno de los “más cínicos, calculados y a gran escala” de toda la guerra. Y advirtió, con una contundencia que debería estremecer a los líderes europeos, que “los interceptores de los sistemas Patriot aún no han sido reemplazados, y se necesitan todos los días”. Su mensaje es claro: Ucrania no tiene con qué defenderse, y el mundo que lo metió en esta guerra, mira hacia otro lado.
El avance silenciado: la ofensiva de Ucrania en el frente sur y el agotamiento del ejército ruso
Pero no todo son noticias de muerte y destrucción para Ucrania. El ejército ucraniano afirma haber logrado un avance táctico que podría ser clave en el desarrollo de la guerra. Siete meses después del inicio de una operación que se mantuvo bajo estricto silencio de radio, Zelenski reveló que las tropas ucranianas han liberado 26 poblaciones, 745 kilómetros cuadrados en la región de Dnipropetrovsk, infligiendo 10.000 bajas a las fuerzas rusas. La operación se vio favorecida por el corte de la señal de Starlink para los rusos dentro de Ucrania, lo que dejó a cientos de posiciones rusas aisladas y sin comunicación.
Sin embargo, el avance ucraniano también revela el agotamiento de ambos bandos. Mientras Kiev celebra su éxito táctico, Rusia se enfrenta a una crisis interna que podría tener consecuencias devastadoras para su esfuerzo bélico. Dos de cada tres gasolineras en Rusia carecen de suministro de combustible, y el propio Putin ha reconocido que los ataques ucranianos contra sus refinerías les “perjudican”. Esta crisis energética interna no es un detalle menor: es la confesión de que la maquinaria de guerra rusa, como la economía del capitalismo global, depende de un suministro energético que se está agotando.
El costo de la guerra: la crisis energética europea y el hambre global
Mientras los misiles caen sobre Ucrania, la economía europea se desangra. La guerra ha exacerbado una crisis energética que ya venía gestándose desde la invasión de 2022. La combinación del conflicto en Ucrania y la guerra en Oriente Medio ha disparado los precios del petróleo y el gas, golpeando con especial dureza a los países europeos, que dependen de las importaciones de energía. El Banco Mundial prevé una desaceleración del crecimiento en la región de Europa y Asia Central al 2,1% en 2026, con una caída aún más pronunciada si se excluye a Rusia. Ucrania, el país más golpeado por la guerra, verá su crecimiento reducirse al 1,2% en 2026, frente al 1,8% de 2025.
Pero el impacto de la guerra no se limita a Europa. Los ataques rusos contra los puertos y barcos en la región de Odesa han llevado las exportaciones agrícolas de Ucrania a una “parada virtual” en las últimas semanas, lo que presiona al alza los precios mundiales de los alimentos. La guerra, una vez más, golpea a los más vulnerables: los países del Sur Global, que dependen de las importaciones de grano ucraniano, ven cómo el precio de los alimentos se dispara y el hambre acecha a sus poblaciones.
La crisis política en Kiev: la corrupción como síntoma de un sistema podrido
El frente interno ucraniano también se resquebraja. Esta semana, el exministro de Defensa Mijailo Fedorov desafió abiertamente a Zelenski, pidiendo elecciones en medio de la guerra y cargando contra la “corrupción” y la “crisis de gobernanza”. Las recientes protestas en Kiev han sido el “último dolor de cabeza” para un presidente cuya gestión en tiempos de guerra ha estado marcada por escándalos periódicos de corrupción y mala gestión.
La crisis política en Ucrania, sin embargo, no es más que un síntoma de una contradicción más profunda: la de un Estado que depende de la ayuda occidental para sobrevivir, pero que al mismo tiempo debe administrar una guerra que desgasta sus instituciones y corrompe sus estructuras. La corrupción no es una anomalía en el sistema ucraniano; es su característica central. Y como todas las características del capitalismo periférico, la corrupción se convierte en un obstáculo para la resistencia popular y una herramienta para que las élites se enriquezcan a costa del sufrimiento de los de abajo.
La función de clase de la guerra: el capital europeo se desangra mientras los trabajadores pagan la factura
La guerra en Ucrania no es un conflicto entre dos naciones, sino la manifestación más brutal de la lucha interimperialista por el control de los recursos y las rutas energéticas. Mientras los gobiernos europeos se preparan para un invierno de escasez, los trabajadores de la región ven cómo sus salarios se estancan, sus facturas de energía se disparan y su futuro se vuelve incierto. La crisis energética no es un fenómeno natural; es la consecuencia de una dependencia estructural del capital europeo de los combustibles fósiles, una dependencia que la guerra solo ha exacerbado.
El economista Michael Roberts ha señalado que la guerra en Ucrania es “un catalizador de la crisis del capitalismo global, no su causa”. La crisis energética, la inflación y el hambre no son daños colaterales de la guerra; son el resultado de un sistema que prioriza las ganancias de las grandes corporaciones por sobre las necesidades de la población. Las sanciones a Rusia, lejos de debilitar al Kremlin, han fortalecido a las élites rusas y han creado nuevas oportunidades para el capital especulativo, mientras los trabajadores de ambos lados del conflicto pagan el precio más alto.
Epílogo: la guerra como metáfora de la barbarie del capital
El bombardeo de Kryvyi Rih, la crisis energética europea y la parálisis de las exportaciones agrícolas ucranianas son tres caras de la misma moneda: la barbarie del capitalismo en su fase imperialista. La guerra no es un accidente; es la expresión de un sistema que necesita la guerra para sobrevivir, que se alimenta de la muerte y la destrucción, y que siempre encuentra la manera de trasladar el costo de sus crisis a los más vulnerables.
Mientras los líderes europeos discuten sobre sanciones y paquetes de ayuda, los trabajadores de Ucrania, de Rusia, de Europa y del Sur Global siguen pagando el costo de una guerra que no han elegido. Los misiles que caen sobre Kiev, los precios de la energía que se disparan y el hambre que acecha a los más pobres no son fenómenos aislados; son la manifestación de un sistema que ha convertido la vida en una mercancía y la guerra en un negocio. La única salida no es esperar que los líderes del mundo decidan detener la guerra, sino organizarse para construir un mundo donde la vida de los de abajo valga más que las ganancias de los de arriba.
